viernes, diciembre 19, 2014

Siempre nos quedará París



















A ver, lo primero de todo que tiene que quedar claro: no estoy más gordo. Lo que pasa es que a veces me hago el selfie con un ángulo en el que bajo la barbilla y se forma una doble papada de la que estoy desprovisto en la vida real. Mi peso real no coincide con mi peso fotográfico.

Además, cuanto más cerca te haces el selfie, más gordo pareces. En las fotos que me han hecho a unos metros, aparezco con mi peso real.

París me recibió con una temperatura máxima de 4 grados Celsius. Después subió la temperatura en los dos días siguientes a costa de una lluvia tenaz. Pero no era una lluvia como la de Cantando bajo la lluvia, sino una fina lluvia gallega.

Lo que más me entusiasmó de esa ciudad, además de Notre Dame, fue La Cité de l´architeture et du patrimoine, un museo repleto de reproducciones de esculturas y maquetas de iglesias medievales. Me gustó tanto que casi estuvimos tres horas. Mi acompañante, una buenísima amiga, iba sólo habiendo desayunado un café. No sé como resistió.

Siempre que vayáis de excursión a la montaña o en la ciudad con una mujer en edad casadera, recordadle que desayune algo más que un café. Ya me ha pasado varias veces con ellas que poco después de las once comienzan a decir: ¿y si comemos?

Yo que desayuno como Falstaff siempre respondo: Hora del amanecer, hora del atardecer, en la mitad de ese tiempo: el almuerzo. Cuando quiero ser cruel, puedo serlo. Pero es que las mujeres viven en un continuo desorden gastronómico, siempre variando entre un ayuno digno de los padres del desierto y sus orgías de chocolates y pasteles. Sea dicho de paso, me gustó más Westminster que Notre Dame. 

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