lunes, marzo 09, 2015

No le odiéis, amadle


Nicolas Maduro, poco a poco, a través de una metamorfosis kafkiana, se ha ido convirtiendo en su ego. Ahora Maduro es ya sólo su ego.

Su ego y su rabia. Quizá decir esto hasta vaya contra la ley en ese país donde la ley es su rabia. Ese país donde toda la Ley se resume a una sola ley: Lo que es contrario al ego de nuestro Gran Liberador es contrario a la Ley.

Al alcalde de Venezuela, se le puede sacar de la cárcel. Pero el ego de Maduro se ha convertido en la prisión de sí mismo.

El ego de Maduro es la prisión de sí mismo. Cabe la posibilidad de que a Maduro ni Dios pueda librarle de sí mismo. Cada condenado al infierno es un hijo de Dios que se transformó en un monstruo y al que Dios tuvo que abandonar a sí mismo. Dios querría sacar a todos sus hijos de las arenas movedizas de sus egos, pero finalmente su amor no podrá vencer en algunos. Y a esos tendrá que abandonarlos a su destino.


No sé si se condenará Maduro. Nadie lo sabe. No nos es dado conocer los nombres de esa fatídica lista, la más terrible de toda la Historia. Lo que sí que sé es que ese pobre hombre se dirige hacia su condenación día a día. Su condenación se va consolidando cada vez que condena a otros. Condena a condena va forjando sus propias cadenas. Mientras viva puede salvarse. Tras cada condena se le hace más difícil. Cada vez que condena, se condena un poco más a sí mismo. Hay posibilidades de que se salve, pero también hay un punto de no retorno.

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