jueves, marzo 05, 2015

Pro episcopis oremus.


El tema acerca del que hablé ayer es un tema muy serio, aunque afecte a muy pocos sujetos. Tan pocos que casi diría que es el pecado menos frecuente que ocurre en el mundo.

Pero cuando ocurre, supone una vulneración tremenda del orden divino en la Iglesia. Que el obispo, que debe ser el garante del orden, se convierta en fuente de desorden.

En casos así, traspasado cierto límite, Dios actúa. El Omnipotente pone orden en su casa directamente con su mano. Terrible, ¡terrible cosa, de verdad!, es forzar a que el Señor tenga que intervenir. Pero cuando Él lo hace no hay forma de dar marcha atrás a sus decretos, no hay apelación posible. La palabra del Altísimo se cumple.


La gente se suele quejar del silencio de Dios, de que Él no actúa. Qué equivocados están. He visto el castigo de Dios en obispos, sacerdotes y fieles; lo he visto también en mi propia vida. La gente se queja de que Dios no haga nada. Pero Dios actúa cuando tiene que actuar; ni antes ni después. 

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