viernes, abril 10, 2015

El ajedrez practicado dentro de la Iglesia


Escribo este post en dos partes. La primera la escribí ya hace unas semanas. Hoy he decidido completar ese post:

1ª parte
Una cosa es el alma y otra la Iglesia. Obedecer, aceptar la realidad, mostrar respeto hacia el orden episcopal en la Iglesia es algo muy bueno para el alma: bueno, provechoso y edificante.

Ahora bien, para un jugador de ajedrez como yo (siempre después de la cena) está claro que no da lo mismo un movimiento de fichas que otro. Cada movimiento tiene efectos. Cada estrategia conlleva consecuencias.
Dejando aparte aquellos que no tienen estrategia ninguna, que los hay, lo normal es tener un cierto plan a largo plazo. Y esos planes, esos propósitos, llevan a lugares distintos.

Lejos de mí el pensar que da lo mismo lo que se haga en el gobierno de Iglesia porque, al final, Dios lo arregla todo. Dios interviene cuando quiere, como quiere y en la medida que quiere.

La Historia de la Iglesia hubiera sido radicalmente distinta de haberse tomado otras decisiones, otras medidas, otras estrategias. Todos los males eclesiales que padecemos ahora son resultado de malas decisiones.

2ª parte
Decisiones que se acumulan y combinan desde hace siglos. Todos los males eclesiales que padecemos si nos retrotraemos tienen un culpable con nombre y apellidos. Unos pecaron por maldad, otros por debilidad, otros por poca inteligencia.

Pero lo cierto es que una partida entera se puede perder por un peón mal colocado. A veces me hace ilusión pensar que la mano colocada para mover las fichas sabe lo que está haciendo. Ciertos titulares de prensa, ciertas condenas vaticanas, me indican que un cierto número de movimientos sobre el tablero se rigieron en base a la sinrazón.


Pero yo no sufro: contemplo la gran partida, esa partida formada por muchas partidas. No sufro tal vez porque hace muchos años que comprendí las reglas no escritas del juego. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada