jueves, abril 30, 2015

El polvo de los libros


Me quedaban por hacer algunas reflexiones acerca de mi doctorado. Quizá la principal de ellas es que siempre he valorado poco un doctorado. Eso se debe a que personas de las que soy admirador absoluto (como Marguerite Yourcenar, Borges y otros) nunca tuvieron un doctorado.

Es curioso, valoro muchísimo lo que es una universidad, el mundo universitario, la vocación de enseñar en una cátedra. Pero un doctorado siempre me ha parecido una obra de inmadurez dada la edad a la que se realizan los doctorados.

Y si el doctorado se hace en la madurez, la experiencia demuestra que las mejores intuiciones siempre suelen estar en otros libros, en artículos, pero nunca en las tesis doctorales, que siempre son obras más rígidas, menos libres.

Parte de mi escepticismo respecto a las tesis doctorales se debe también a que veo que hombres muy válidos para la investigación que de ningún modo lo son para la docencia. Mientras que simultáneamente compruebo cómo hombres ideales para la docencia jamás pisarán una cátedra. Todo esto me ha llevado a perder una cierta ilusión acerca del sistema de méritos objetivos que debería ser la universidad. Deméritos que lastran ya de por sí la producción de las tesis.


Una vez más, también en la universidad, el factor humano impone su cuota. Por todo esto y por muchas más razones, valoro una tesis doctoral, cualquier tesis doctoral, sin demasiado entusiasmo. Eso también incluye la mía. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

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