jueves, abril 09, 2015

San Nicolas el milagroso


Sabéis que me encanta el ajedrez. Si no fuera porque en el tablero hay millones de seres humanos, os aseguro que los movimientos de la partida griega la sigo paso a paso con el mayor de los intereses. Desde un punto de vista meramente ajedrecístico, este tipo de agonías resultan interesantísimas. Cuanta mayor es la desesperación, mayor es el índice de irracionalidad de los desplazamientos de las fichas. Además, hoy Grecia; mañana, España.

Cuando Putin niega que Tsipras haya pedido ayuda económica en su viaje a Moscú ayer, me pregunto si habrá un solo sujeto en todo el planeta que haya creído tal afirmación. Aunque muy mal tienen que estar las cuentas rusas, para que no le haya dado al menos algo, como testimonio, como regalo, como prueba de buena voluntad, como la botella de vino que uno lleva a una cena: ¡algo, al menos algo!

Lo llamativo es eso, que le haya hecho gastar la gasolina para ir a casa de Putin total para decirle que al heleno que le quiere, que le tiene siempre en la mente, que le ha robado su corazón y que siempre estará a su lado. ¿Y el dinero? Ahora no tengo suelto, llámame más adelante, me coges en un mal momento, ya sabes que te quiero, amigos para siempre.

Incluso yo que sabía lo mal que estaban las arcas rusas, me he sorprendido ante la evidencia de la pobreza rusa. Lo más elegante era decir eso a la prensa: Tsipras no me ha pedido dinero. Rusia puede dárselas de superpotencia, pero España y Portugal juntas tienen un PIB casi igual al de toda Rusia.


Lo más gracioso es que Putin le ha regalado un icono a Tsipras, el icono de San Nicolas el milagroso. Si no llega a ser porque se lo ha regalado en medio de la más absoluta seriedad, todos hubiéramos pensado: encima recochineo.

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