domingo, mayo 10, 2015

¡Cecil B. de Mille, vuelve!












Sólo hay dos películas potables sobre Jesús de Nazaret: la versión de Zeffirelli y la de Mel Gibson.

La primera es preciosista en las imágenes, los detalles visuales están cuidadísimos históricamente (se nota que contaron con asesores sacados de las mejores universidades) y el rostro de Jesús en esa película es como me lo imagino que debió ser.

La película de Gibson es arte: una película de autor. No es un producto comercial, sino un verdadero experimento creador. Si cualquier director hubiera hecho lo mismo con la vida de Zaratrusta, de Alejandro Magno o Platón, los críticos lo hubieran elevado al Olimpo del cine para toda su vida. Ni un sólo segundo de la película me pareció creíble el rostro del Jesús de Gibson. Me esforzé, pero me resultó imposible.

Pero la película de Gibson se resiente de su mismo exceso. Llenar tanto tiempo de metraje sólo ofreciendo sufrimiento produce un cierto cansancio en el espectador por más que quiera hacer oración todo el tiempo mientras ve la película. Gibson se dio cuenta en intentó hacer pequeños descansos con retrocesos temporales y cosas similares, pero logra aliviar el peso sólo parcialmente. La película de Zeffirelli se resiente de ser demasiado simple. Es preciosista en la fotografía, pero la calidad del color no es precisamente su fuerte, es una película algo desvaida.


Tendremos que esperar a que la hija de Coppola se case con el hijo mayor de Spielberg, y a que ese hijo se convierta al cristianismo para que veamos una gran superproducción sobre Jesús de Nazaret que deje a todos patidifusos. Mientras tanto seguiremos tirando de serie B.

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