martes, junio 16, 2015

La liturgia no se reduce a la misa



















Una cosa que hecho de menos en la catedral de mi ciudad y de casi todas las ciudades es la celebración solemne de las vísperas una vez a la semana: con los clérigos sentados en el coro de los canónigos, con cruz procesional, incensación del altar, procesión de entrada. Unos clérigos con capa pluvial, otros con sotana y roquete, los acólitos con alba. Todo a la luz de las velas, sin luz eléctrica. Un oficio tranquilo, sereno, sin grandes artificios corales (que a veces despistan más que ayudan), sino con la sencillez de los que oran. Una ceremonia mejorada semana tras semana, porque no se trata de una celebración inusual.


Los obispos se quejan de que no hay sacerdotes, pero laicos sí que hay y a estos se les puede revestir con prendas adecuadas a la solemnidad del acto. Con tres sacerdotes con capa pluvial y veinte laicos revestidos con cosas parecidas a las togas académicas se pueden hacer magníficas liturgias. ¿Cuánto tardaremos en ver esto? ¿Lo veremos? Todo esto lo expuse en mi libro El incienso de la alabanza. Pero, hoy por hoy, ha quedado todo sobre el papel. Deseos sobre el papel.

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