domingo, junio 07, 2015

La vida como soplo fugaz


Hoy he pasado al lado de la estatua del cardenal Alfonso Carrillo de Acuña, mientras les enseñaba a unos conocidos míos la ciudad. He mirado otra vez su estatua. He hecho un comentario muy breve acerca de él.

¿Qué podía contar de su vida? ¿Por donde empezar? Descendiente de nobles, educado bajo la influencia de su tío cardenal. Con 35 años llegó a ser arzobispo de Toledo. Su trato con tres reyes de Castilla fue constante. Desempeñó misiones diplomáticas. Fue ambicioso. Participó activamente en las cuestiones dinásticas. Murió semipreso en su propio palacio, el palacio arzobispal de Alcalá.

Una vida apasionante, casi como la Orson Wells en Sed de Mal. Era tanta la historia de ese hombre y tan formidable, digna de una gran novela, que he preferido resumirlo todo en un cortísimo comentario.


Delante de esa estatua pasan tantos cientos de personas y qué pocos deben saber algo acerca del ser humano que hubo detrás de esa estatua. Al final, de él nos queda esa estatua y una lápida muy sencilla en en suelo de la catedral. Una tumba en la que nadie repara. Después de una gran vida, una lápida con su nombre y un escudo tallado que ni siquiera es el suyo.

Cuando yo muera, dudo mucho que quede ni una sola lápida. La memoria, como un castillo de arena, se irá deshaciendo.

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