domingo, julio 19, 2015

Así nos imaginábamos las ciudades del 2015 en los años 70: santa candidez


Poca gente sabe que en Nashville (Tennessee) hay una reproducción a escala natural del Partenón. Tiempos felices en los que las arcas municipales estaban boyantes incluso en Detroit. Tiempos en los que Estados Unidos era una potencia en auge, una nación optimista que se sentía una Nueva Roma. El estilo romano estuvo de moda mucho tiempo en norteamérica.

En mi opinión, el ápice del poder del Imperio Americano se alcanzó bajo el cónsul Reagan. Francia y el Reino Unido nunca digirieron bien el hecho de perder su rango imperial. Perder el rango imperial quizá sea algo que nunca se puede digerir bien.
Putin, sin embargo, está empeñado en lograr ese rango. Los números ya han dejado claro que no puede conseguir lo que es imposible.

Los imperios se sustentan siempre en números. Los libros de contabilidad son el primer signo de un imperio emergente. Sin una sólida base económica expansiva, una nación sólo puede pretender la rapacidad, pero no la consolidación de un imperio.

En los años 70 todo el mundo creía que era el fin del nacionalismo, que la ONU se iría reforzando más y más, que las fronteras nacionales serían meras líneas administrativas de una Humanidad unida y floreciente. El Vaticano II  participaba de ese optimismo. Entre los años 80 y el 2000, resultó evidente que el proceso de cambio del mundo a mejor se había estancado en no pocos aspectos. A partir del 2000, ya era palpable que la época del idealismo había pasado y que comenzaba el pragmatismo puro y duro.

Fue a partir de la crisis del 2008 cuando por primera vez se vio erigirse el poderío de la tiranía china de un modo incontestable. Fue el final absoluto de la edad de la inocencia. El futuro sería como fuese, pero no iba ser el mundo feliz y perfecto que habíamos imaginado cuando ABBA cantaba Waterloo.

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