domingo, agosto 30, 2015

Apatrullando la ciudad: paseando por los pasillos de la vida y del final de ésta


Los que me leéis en este blog desde hace años sabéis cuanto he meditado sobre la muerte, sabéis cuanto me he esforzado por tenerla presente. Pues bien, es una divina casualidad que justamente a mí me haya tocado trabajar con la muerte en mi trabajo diario de capellán. No creo en las casualidades, le oí decir a un policía en una serie de televisión, cuando yo tenía unos siete años. Después de tantos años no se me ha olvidado la frase.

Trabajo en un hospital en cuyos pasillos descansan más de cuatrocientos ingresados. Eso implica un número respetable de muertes al cabo del mes. Nos llaman, vamos, oramos, consolamos. Nos asomamos durante un momento a la muerte. El capellán realmente ve la muerte. No es como el sacerdote que atiende a un condenado a la pena capital como ahora que he acabado de leer El extranjero de Camús. El sacerdote que se acerca al condenado se acerca a alguien perfectamente vivo.

Mientras que un capellán de un gran hospital de seis plantas realmente ve la muerte haciendo presa, clavando sus garras, avanzando. En los otros enfermos veo la enfermedad. Pero en algunos, lo repito, se ve la muerte.

Eso conlleva una reflexión diaria, continua, metódica acerca de este tema. Además, como es lógico, de la evaluación de los pasos, del proceso, de la velocidad. El tema para nada me parece agobiante. Pero si algo he aprendido es que los médicos deben entender que hay que dejar morir. Eso los familiares nunca lo aceptarán. Pero los médicos deben hacerlo.

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