viernes, agosto 07, 2015

En un momento podemos descubrir la fragilidad del ser humano


Hay algo que desde hace tiempo me ha preocupado bastante, aunque sólo hoy os lo comparto. Y es la posibilidad de que el calentamiento global, antes o después, provoque una intensa y pertinaz sequía en una zona amplia, donde estén emplazadas cinco o seis ciudades de varios millones de habitantes.

¿Qué sucede si en un área con esas ciudades no llueve durante dos o tres años? Si esas masas de gente estuvieran situadas en grandes países del primer mundo, se podría abastecer sus necesidades a costa de gastar mucho dinero. ¿Pero qué sucede si esos millones de seres humanos se hallan en un país cuyo estado está arruinado y, además, no se preocupa ni lo más mínimo por sus ciudadanos? 

El agua necesaria para que beban y, al menos, frieguen los platos, y se duchen una vez a la semana es mucha. Estamos hablando verdaderamente de mucha agua. ¿Nos podemos imaginar a millones de personas sin posibilidad de ir a otras naciones, pero aprisionadas en megaciudades donde no sale nada del grifo?


Mi pensamiento puede parecer muy agorero. ¿Pero somos conscientes de que hemos construido urbes sin fin en medio de desiertos sin una gota de agua? Hasta ahora el agua ha sido traída de lugares donde sí la había. Pero si en esas áreas de aprovisionamiento llegara a cortarse el suministro de forma radical y esto durante dos o tres años, la situación a cien o doscientos kilómetros podría ser de pesadilla. 

¿Qué sucedería si Sevilla, Madrid, Nápoles y Atenas se quedaran sin una sola gota de agua? Pues que eso no suceda sólo depende de Dios que es el que envía las lluvias tempranas y tardías.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada