domingo, agosto 16, 2015

Las misas de niños ese mito moderno


Mirando hoy una serie de textos acerca del mundo litúrgico visigodo, he acabado mirando un pórtico románico. Y, leyendo el análisis de ese pórtico, he pensado: qué complejo era el cosmos iconográfico medieval. Cualquier diminuta ermita, cualquier pequeña parroquia, nos muestran símbolos que requieren para ser comprendidos una profunda inmersión en el mundo bíblico.

Es justamente lo contrario de nuestra época. Mensajes pegados en la pared con letras de cartón recortadas, mensajes de un simplismo ruborizante. Eso sí, al menos, las letras suelen ser de colores.

A eso se une el gran éxito de las misas dominicales de niños. Las homilías para niños suelen consistir en un par de anécdotas amenizadas por una exagerada gesticulación del presbítero. Y esas precisamente son las misas que suelen tener más asistencia en la parroquia. Todos sabemos que resulta imposible mantener la atención de cincuenta niños más de cuatro minutos, digas lo que digas. Simplemente hablando es una misión imposible; en inglés, Impossible Mission.

Recuerdo las misas de niños en mi antigua parroquia de Zulema. Eran pocas al año y siempre los días de diario. Expresamente cuidaba que los niños no fueran más de quince, veinte a lo sumo. En el sermón me ponía delante de ellos que estaban en el primer banco o segundo banco de un solo lado de las filas de bancos. Conocía a esos niños de todo el año. Y conociéndolos bien sabía qué cosas les interesaban y cuáles no, también era consciente de cuánto tiempo aguantaban sin distraerse.

El sermón era una brevísima y sencilla catequesis. Nunca necesité hacer ningún circo para que me atendieran. Les hablaba de cosas profundas como un padre les hubiera explicado algo en el salón de casa. Con su lenguaje, sí, pero cosas profundas. Los padres para explicarles algo a sus hijos no necesitan hacer grandes aspavientos ni ser graciosos todo el tiempo. La gente que ese día en mi parroquia asistía a misa escuchaba una sencilla catequesis para niños. A la gente le gustaba, porque era algo excepcional, reducido a unos pocos días al año y en días de diario.

Yo era consciente de que les gustaban porque eran inusuales. La homilía dominical es un tiempo de enseñanza, como un rabino en su sinagoga, como un San Agustín en su templo, como un Jeremías o un San Ambrosio que explicara las Escrituras. Si reducimos los sermones dominicales a catequesis simplicísimas, estaremos privando a la gente de un alimento sólido, atractivo, profundo.

Pero mucho me temo que en este siglo XXI tendremos todavía durante algún tiempo que seguir sufriendo misas de niños, velas eléctricas y alguna canción de Simon y Garfunkel
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