viernes, agosto 07, 2015

No a cualquier precio


La vida dura hasta que Dios quiera. No debemos matar. Dejando claro estos dos principios, y a sabiendas de que hay que hacer muchos matices, no le deseo ni a mi peor enemigo que al final de su vida caiga en las manos de un médico que prolongue sus días más allá de lo razonable.

Llega un momento en que esa vida arrancada de la muerte ya no es una existencia humana. De hecho, en la mayor parte de esos casos, ni siquiera es una vida consciente.

La vida y la muerte deben moverse en el campo de lo razonable. De ningún modo estoy diciendo que estoy a favor de hacer nada en contra de la Ley de Dios. Mis pensamientos se mueven escrupulosamente dentro de las enseñanzas de la moral católica.

Pero toda lucha llega a un momento más vale dejar actuar a la naturaleza. Hay un modo humano de vivir y un modo humano de morir. He visto con mis ojos ensañarse sobre un trozo de vida como si fuera un campo de batalla, luchando día a día, semana tras semana, mes tras mes, hasta un punto que ya no tiene ningún sentido.

Llega un momento en que todo ese tormento físico no tiene otro fin que mantener un corazón funcionando, un diafragma pulmonar contrayéndose. La persona no habla, la persona no piensa totalmente sedada, no se mueve, no hace nada, suspendida en un sueño de meses.


Defiendo todas y cada una de las prescripciones de la moral católica. Pero dentro de la moral, dentro de la Ley de Dios, hay un margen de decisión, un campo intermedio en el que el hombre justo y temeroso de Dios dice: dejadme morir.

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