domingo, agosto 23, 2015

Venimos a esta vida a sufrir


Me ha invitado un amigo a cenar con su familia el martes. Y en un momento de clara inconsciencia me ha insistido en que le sugiriese qué me apetecía comer. Evidentemente, no sabía él donde se metía.

Le he dicho: Pues no sé. Mira la película El festín de Babette y ver qué se te ocurre. Después, en un acto de misericordia le he aconsejado roastbeef de segundo plato y soufflé de limón de postre.

Le he dicho de limón, porque el chocolate aminora los matices del souflé y sólo sabe a chocolate. También le he hecho notar con sutileza que el roastbeef algo crudito en el centro queda mejor que muy hecho. 

Mi experiencia en los restaurantes es que los que hacen la carta no distinguen entre soufflé y mousse. Sólo he probado auténtico soufflé en un restaurante tres veces en mi vida, una en un seminario y varias veces en mi casa. El resto de las veces me han traído un mousse frío, hecho hace días y pésimo.

La cocina son como los sermones, es una cuestión de ingredientes, de cariño, de tiempo, de sazonar, de presentación. Por eso cocino mucho mejor que predico.

Últimamente se me han quemado algunos sermones y otros se me han pegado al fondo. Sólo los ha salvado (y relativamente) la guarnición.

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