jueves, septiembre 24, 2015

Después de cenar tengo la costumbre de jugar una partida de ajedrez

Ya lo dije hace tiempo, la más poderosa, bella e impresionante defensa de la indisolubilidad matrimonial se encuentra en esta canción:


Dedico esta canción a mi abejita mexicana. Una abuela que, después de un largo matrimonio lleno de amor, ve con felicidad su casa siempre llena de hijos y nietos. Una casa llena de vida.

Realmente, cuando muramos, no importarán los libros que hayamos escrito ni nada por el estilo, sino sólo el amor. La canción vale para los sacerdotes. Vale plenamente. Por eso debemos desechar las pequeñeces que nos quitan la paz, las pequeñas desavenencias que pueden surgir entre compañeros.


Cuando uno se ha entregado de un modo tan grande al sacerdocio, no podemos después amargarnos por asuntos que tienen muy poca entidad. En verdad que nos podría mirar Jesús y preguntarnos: ¿Pero tú estás por encima de esas cosas? 

Seguro que responderíamos que sí. Pero después, en la práctica, cuando alguien nos pisa el pie, anda que no nos quejamos. Yo no, porque soy muy bueno. Pero veo que los demás sí.

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