lunes, septiembre 14, 2015

No he enviado mis barcos a luchar contra los elementos


Hoy me he dado cuenta de un cambio en mi vida. Y es que en los últimos seis años se me han ocurrido infinidad de sugerencias para mi obispo acerca de la diócesis, y para los obispos respecto a la Iglesia. Fruto de este afán (totalmente infructuoso según algunos) son mis libros Colegio de Pontífices, El león y las llaves, Neovaticano, El incienso de la alabanza y el nuevo (ya acabado del todo) que pronto publicaré.

Lo curioso es que hoy me he dado cuenta de que durante los primeros dieciseis años de mi vida sacerdotal no se me ocurrió sugerencia alguna que hacer ni respecto a mi diócesis ni respecto a la Iglesia. A mi mente no se le planteaba otra cosa que no fuera la perfecta continuación del presente, la perpetuación de las estructuras y modos eclesiales. Durante dieciseis años no hice ni una sola sugerencia.

Pero, por alguna extraña razón, desde mi estancia en Roma, no dejan de ocurrírseme ideas y más ideas que en un ejercicio de optimismo, casi diríamos que teológico, sigo poniendo por escrito en libro tras libro.

Normalmente cuando uno ha hecho docenas de sugerencias de todo tipo y no se ha llevado a cabo ni una sola, uno (con muy buen sentido) desiste. Pero yo persevero con un optimismo que a mí mismo me admira. Tanta perseverancia, en verdad, me admira a mí mismo. Quizá mis escritos no serán ni deban ser juzgados por su contenido, sino por su tenacidad frente al silencio. Quizá ésa sea la gran historia de mis novelas, el gran objeto de mis ensayos: la tenacidad de la voz frente a la nada del silencio.


Quizá todo lo que ya he escrito sean variaciones alrededor de un solo tema. La Armada de mis barcos de palabras navegando en medio de la tormenta de la Ilusión. Barcos flotando a través del Todo, la Nada y la Escritura.

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