lunes, septiembre 14, 2015

Tampoco construí mis barcos para que se perdieran en el Océano de las aguas del olvido


No lo oculto, ayer escribí el post bajo un cierto influjo de desánimo. He visto como a otros compañeros de promoción se les reconocían sus méritos con becas, tiempo disponible para el estudio, cátedras en las facultades, puestos de responsabilidad e incluso episcopados.

Mientras que en mi caso sigo acumulando folios y folios de una kircheriana enciclopedia inmaterial acerca de cuyo futuro tengo que hacer un gran acto de confianza en que los elementos la respeten. Escribo con la seguridad de que las grandes colecciones de obras completas también son engullidas por las fauces del Tiempo

No importa cuantos volúmenes tenga una enciclopedia. Sus fauces son suficientemente amplias. No es una cuestión de tamaño. Puede tragar el trabajo de una vida sin piedad. Y es en esas situaciones cuando uno se pregunta acerca del sentido de una vida empleada, hora a hora, a crear esos mundos inmateriales.

¿Tengo la menor duda de la dirección que debía tomar esa armada bibliográfica? Sinceramente, no. ¿Conozco esas tormentas que no dejan ni rastro de lo que flotó sobre sus aguas? Sí. Desgraciadamente, las conozco a la perfección.


Un amigo mío mexicano hoy, tras leer el post de ayer, me decía algo relativo a un mandato divino. Sí, yo también siento los mandatos divinos. Los designios que a uno le envían a África y a otro a las bibliotecas. Sí, lo siento. Por eso mantengo las manos firmes en el timón. Ahora siento el viento de cara, no de popa. Pero mis manos aprietan firme la madera. Quizá escribir sea lo más fácil. Lo difícil es no variar el rumbo.

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