lunes, octubre 19, 2015

Amar la Iglesia


Si leyendo el post de ayer no lloraste, eres un monstruo desalmado con una piedra en vez de corazón. Eres otro Hitler. El post de ayer era tan tremendamente emotivo que hasta los camaradas del Partido Comunista echaron una lagrimita.

Hoy me he dado un delicioso paseo por Madrid con dos buenas amigas y he comido con ellas un codillo en un restaurante alemán. Por la tarde he predicado un sermón sobre el Destino. Después de la cena he escuchado de nuevo la música de Delerue para Ana de los mil días y he seguido meditando, no lo he podido evitar, sobre el cisma inglés.

Qué tremendo es que un hombre, un simple hombre, vicioso, gordo, cruel, dedicado a la caza y las diversiones, que se había acostado con tantas cortesanas, se declarara Cabeza de la Iglesia de todo el reino de Inglaterra. Cuando hoy tantos ingleses se sienten tan orgullosos de su iglesia nacional, no está de más recordar que entre 57.000 y 72.000 súbditos dieron su vida para que ese obeso uxoricida pudiera afirmar que era la suprema autoridad en materia eclesiástica.


Pero hoy he leído algo que desconocía. Entre tantísimos miles de actos heroicos, una persona mereció el calificativo de destructor destacado de la Santa Iglesia: y ese fue Thomas Cronwell, uno de los que más hicieron por favorecer las ideas luteranas. Pues bien, no sabía yo que él al ir al patíbulo pronunció unas últimas palabras recogidas por un cronista de la época. Y esas palabras fueron las que menos se pudieron esperar todos los presentes: que dejaba este mundo creyendo en la Iglesia Católica, profesó delante de todos que moría in the traditional faith.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada