domingo, octubre 25, 2015

Primera parte: Cómo debería ser un sínodo ideal: la organización de las reuniones















Hoy que ha tenido lugar la clausura del sínodo sobre la familia, me gustaría compartir con vosotros cómo pienso que podría organizarse de forma ideal un sínodo. Comparto con vosotros mis opiniones personales. Podéis disentir de ellas con todo derecho. Las pongo aquí porque me leen un cierto número de clérigos y nunca se sabe dónde puede llegar una sugerencia mía.

Este tema lo considero tan importante que dedicaré varios posts a tratar este asunto.


No pocos padres sinodales tienen la impresión, durante cualquier sínodo sínodo, de que hay mucho trabajo por hacer. Esta mentalidad de trabajo sinodal vigente hasta ahora pienso que hay que cambiarla. Uno debería ir al sínodo a dialogar y orar de un modo tranquilo, relajado. Es una reunión de oración y escucha de los hermanos.

Por lo tanto, no sería ningún exceso que la mitad del tiempo se dedicara a la oración. En cualquier caso, no menos de una tercera parte del tiempo total del día.

En las reuniones de las comisiones hay que favorecer el diálogo informal, tranquilo, sin prisas, no la idea de que todos están alrededor de una mesa para producir un documento. La presión de tener que producir un documento. El sínodo como maquinaria de producción de papeles. Hay que cambiar la mentalidad, no se está allí para producir documentos de consenso, no se está allí para votar. Se va a orar y escuchar a los otros, se va a aportar y enriquecerse en el proceso de escucha de los argumentos de los otros.

No hay verdadera discusión y posibilidad de intervenir allí donde hay excesivo número de personas reunidas. En los grupos de trabajo menores, lo ideal es no sobrepasar las veinte personas en cada uno de esos grupos. Las intervenciones en el aula sinodal deben ser pocas y de individuos muy escogidos. Se escogerá a unos por parte de la organización centralizada, otros serán escogidos por los grupos menores descentralizados. Todo sínodo debería suponer un cierto armonioso equilibrio entre la organización central y la descentralización, entre las posiciones más tradicionales y seguras, y las más abiertas y novedosas. Todo sínodo debe huir de la dirección, venga ésta por un grupo o por otro.

Los obispos realmente involucrados en el trabajo del sínodo no deberían ser más de cien. El resto de obispos que vayan a ese sínodo deben ir con la idea de arropar a esos cien con su presencia y oración. Deben convertirse en una presencia orante, en una presencia que escucha y que da su opinión después en las votaciones. Pero los padres que van a discutir, predicar e intervenir deben ser pocos en número.


Todos los obispos presentes podrán votar, pero una maquinaria deliberativa de más de un centenar de miembros se vuelve pesada y lenta. Se hace totalmente necesario delegar las intervenciones en cabezas verdaderamente representativas. El arte de lograr la buena organización de un sínodo consiste en disponerlo todo para que esas cabezas puedan establecer un verdadero intercambio y confrontación amistosa de ideas entre ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada