viernes, octubre 16, 2015

En esa península del mapa estaba hace dos días


Estos días he estado escuchando, una y otra vez, mientras trabajaba la overtura de la banda sonora de Ana de los mil días.

La música de George Delerue es siempre muy profunda. Y esta música (sin ser entusiasmante) suscita en mí con música el espíritu del drama del cisma inglés. La tragedia de un país que en la gran rebelión protestante estaba llamado a permanecer católico. Allí no había prendido la herejía. Estados Unidos, todo el imperio británico, todo se perdió por un reinado que duró mil días: Ana de los mil días.

https://www.youtube.com/watch?v=jC4hDfyCN1E

La película, cuando la vi de joven, no me impactó, no es muy buena. Pero en la mente de ese joven que aburrido la vio aquella tarde, destacó la figura del cardenal Wolsey. El cardenal Wolsey de Un hombre para la eternidad es un hombre corrupto y taimado. El cardenal de esta otra película es un hombre bueno que sufre por no poder detener al monstruo en el que se ha convertido su rey.

Si la música de Ana de los mil días, me evoca el drama que se pudo evitar, la música de Un hombre para la eternidad me evoca la grandeza de la gigantesca figura de Tomás Moro.


La primera música está bien en una película bastante regular. La segunda música (del mismo autor, pero más maduro) es sencillamente genial, como la película misma.

Los mismos cardenales de esas dos películas son radicalmente distintos. El de Orson Welles es un personaje de carne y hueso, un personaje real, descrito magistralmente en pocas escenas. El de la primera película es un personaje más plano, menos nítido.


No es de extrañar que ese momento de la historia haya sido recreado incontables veces en el cine. Lo ha sido y lo seguirá siendo. Fue el momento en que se decidió el alma de todo un imperio. En ese año fue no fue menos que si el eje del polo se moviera de su sitio varios grados, afectando al planeta entero durante siglos. 

La herejía venció sobre grandes partes de la Tierra. La imagen del cristianismo se distorsionó para siempre en millones de hijos de Dios. La Cristiandad cesó de existir. A partir de entonces ya simplemente habría países cristianos.

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