sábado, octubre 17, 2015

Fotos de mi último viaje a la península yucateca

Un cura con sotana viejecito en un parque. Sentado solitario y apacible en un banco reza el breviario y contempla de tanto en tanto a las palomas. El poco pelo que le queda es blanco. Sus ojos castaños están mediocerrados bajo unas cejas canas. Me siento a su lado.

Pronto entablamos conversación. Mientras espero que llegue otra persona, charlamos de lo divino y de lo humano. Un cuarto de horra después, el sacerdote me habla de su vida. Además de sacerdote era escritor.

Yo indagué en los vericuetos, siempre tormentosos del Apocalipsis. Recorrí esa época en muchas obras mías. Profundicé en las simas del infierno en otros libros. Viajaba y daba conferencias. Después envejecí. Mi salud ya no me permitió seguir viajando. Mis manos artríticas y mi memoria cada vez más vacilante tampoco me permitieron seguir con la escritura.

Poco a poco me dediqué más al confesionario, a pasar más tiempo en el parque, a ayudar en lo que puedo, en lo poco que puedo, en esta parroquia de detrás. Me despedí de mis lectores. Fue una despedida lenta y progresiva. Fue una despedida al ritmo del avance de mis fallos intelectuales. Fallos cada vez más firmes, cada vez más vergonzantes.


Muchas veces me sorprende el párroco diciéndome que yo hice tal o cual cosa, que escribí esto o lo otro. No sé qué hay de broma en sus comentarios y qué hay de verdad. No pocas veces me río de lo que dice que fueron mis ocurrencias.




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