lunes, octubre 26, 2015

Segunda Parte. Cómo debería ser un sínodo ideal: la impresión actual que se tiene


Ahora mismo la impresión que da el sínodo es el de una reunión ante la que uno tras otro lee un discurso ya preparado. El sínodo se convierte en una fría sucesión de intervenciones escritas y una sucesión de mecánicas votaciones. Debemos retornar al espíritu primitivo de unos pocos apóstoles reunidos en Jerusalén sin papeles, sin esquemas, discutiendo los temas sin acritud, en una sala de tamaño familiar ante un grupo integrado por un número considerado como razonable.

Después de ese trabajo en grupos menores, se puede discutir en la asamblea general, pudiendo intervenir sólo las veinte o treinta personas designadas. Los demás escuchan, votan y piden al Padre que envíe su Santo Espíritu.

¿Realmente en este sínodo ha habido una verdadera discusión? ¿No hemos reunido a bandos ya formados previamente para votar documentos de consenso? ¿De esta manera los sínodos son instrumentos propicios para aportar algo?

El sínodo debe ser una reunión sacra de sucesores de los Apóstoles bajo la acción del Espíritu Santo. El modo de organizarlo todo debe favorecer esa acción divina inspiradora que surge del diálogo. Si el modo de trabajo sinodal se burocratiza, se deja menos espacio a la acción del Espíritu.

Hubiera sido ideal que el cardenal Burke, Sarah, Müller y Kasper, por mencionar sólo algunos nombres, hubieran expuesto sus argumentos, en un ambiente acogedor, ante veinte obispos muy bien escogidos, que representasen a todos los demás.  Y que hubieran hecho esto, exponer sus argumentos réplicas y opiniones, como se hace el salón de la casa de un amigo que les ha invitado a cenar.

Hay que luchar por lograr la antiburocratización de los sínodos. Hay que devolverlos a su frescura inicial. Hay que tornar a convertirlos en algo esencialmente espiritual.


Tal como los sínodos están organizados ahora, se lograría mucho más llamando a las diez cabezas principales de cada bando y a otros diez obispos neutrales, y hacerles pasar cuatro días juntos deliberando en una casa de campo entre bosques: deliberando, paseando, orando y comiendo bien (la buena comida dispone al entendimiento) en la ladera de una bella montaña con prados y senderos. No tendrían que realizar ningún documento, sólo tendrían que escucharse unos a los otros. Estarían allí para orar y pasárselo bien durante unos días dedicados al descanso y a agradables tertulias. La Iglesia entera se beneficiaría extraordinariamente de este nuevo modo de proceder tan familiar, tan humano, tan similar a los primeros tiempos. 

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