lunes, noviembre 23, 2015

Dedicado a todos los padres


Hoy he comido en casa de una familia. Los cuatro niños eran la alegría de la casa. Se notaba que era un lugar sobre el que había caído la bendición de Dios. Nada de los típicos hijos llenos de caprichos, aburridos y exigentes. Los tres más mayores se les veía religiosos, educados, buenos y profundos.

Aunque mi preferida era la más pequeña de todas sentada a mi lado tan vivaz, tan pizpireta, tan graciosa. Seis o siete años llenos de vida con ganas de dar muchos abrazos y besos.

La verdad es que hay hijos que los soles de la casa, llenándolo todo con la luz de su alegría. Entiendo perfectamente que haya padres para los cuales un solo hijo es razón suficiente para seguir viviendo, trabajando y luchando.


Los niños disfrutan y expanden tanto optimismo. Son una verdadera predicación acerca de la belleza de la existencia. Sí, hay padres muy afortunados. Hay casas que son pequeños trozos de paraíso.

No como otra casa en la que la madre me había hablado desesperada de su angelito largo rato. Pensé que era una exagerada. Cuando entré en la habitación del adolescente, quedé impactado: la decoración habitual de la habitación era la propia de un lugar donde se hubiera acabado de realizar un aquerrale. Allí sólo faltaban las brujas de Zugarramurdi. No me hubiera extrañado encontrar una cabra muerta en el suelo.

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