sábado, noviembre 28, 2015

Gracias, Señor, por todo


Mi casa es mi mundo. Mi pequeño pisito en el centro de Alcalá es el lugar donde he pasado más tiempo en mi vida. Entre estas paredes descanso y trabajo. Amo mi lugar de trabajo, mi sillón donde veo tantos documentales. No tengo nada valioso en mi casa. Ni siquiera he sentido afición por los libros antiguos. Todo es barato, lo cual me ofrece una gran despreocupación.

Unido a este piso, formando una unidad con él, está esta magnífica ciudad, un paraiso para amantes del paseo. Lo tiene todo, casco histórico, catedral gótica, paseo al lado del río con patos y árboles y senderos de tierra que recorren la vera del agua. Montañas con bosques a diez minutos de mi casa en coche.

Aquí tengo amigos, un trabajo que me gusta, una impresionante capilla de adoración perpetua, aquí lo tengo todo. Viajo mucho, pero siempre deseo regresar a mi hogar, a mi ciudad, a la sede de mi diócesis.

Cuando salgo, tras dos días comienzo a sentir nostalgia de mi casa. No es que esté mal en otros lugares. Pero amo mi micromundo formado por personas y rutinas. Eso sí, cuando estuve en Roma, no sentí ninguna pena por dejar Alcalá. Eso no dejó de sorprenderme. Cuanto amaba esa ciudad. La sentía enteramente como mi hogar.

Mi querido Barbastro natal, ya es otra ciudad distinta de la que conocí hace un cuarto de siglo. Mis mejores amigos volaron a otras ciudades, todos. Mi seminario en Pamplona, compañeros y profesores ya no están allí. Es como si fuera a otro seminario. Hasta el edificio es ya otro.


Somos peregrinos. Algún día dejaré mi casa de Alcalá, tengo esa intuición. Y también ella pasará a ser un recuerdo de tiempos pasados.

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