lunes, noviembre 30, 2015

Ha muerto Brian Sewell. En realidad, hace meses. Pero me he enterado hoy.


Hoy mientras fregaba los platos, muchos platos, platos acumulados durante varios días, he escuhado a Neruda en su Confieso que he vivido. No sé si el libro mejora, pero su infancia es bastante anodina literariamente hablando. A ratos tenía más interés el agua corriendo por los platos que su sucesión de sujetos verbos y complementos. También he leído más de media hora de Las palabras y las cosas de Foucault. Pésimo. ¿Cómo ha podido ser tan recomendado ese libro por algunos críticos? Es un misterio.

También me he duchado. Dado que tengo el radiador del aseo estropeado, era recomendable hacerlo al mediodía. Mi relación con el agua siempre ha sido de una gran moderación. Mi piel es muy seca y no necesito meterme en el agua cada día como una rana.

También hoy me he enterado de que ha muerto Brian Sewell. Con lo que lo admiraba. ¿Por qué toda la gente a la que admiro acaba muriéndose? ¿Por qué se ha ido tan pronto? Reconozco que con sus 84 años tampoco era un infante.

También he contestado todos los emails atrasados: estudiantes universitarios, conferencias, cuadrantes de hospital. Me he hecho una pésima paella. Pésima porque me faltaban ingredientes que le dieran sabor. He supuesto que podría suplir con ingenio esa carencia. Pero no. Una novela y una paella necesita de ingredientes sabrosos. Una paella sólo de arroz es insalvable.


Ay, adiós Brian, adiós. Por qué los mejores son los primeros en morir. Yo de anciano me imagino como él. Con el pelo blanco, la piel láctea e igual de antipático y cascarrabias, pero con un toque sutil de simpatía.

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