domingo, noviembre 22, 2015

Espejismos eclesiásticos


Querido amigo (un cura jubilado): Ayer tuvimos una larga conversación como siempre tan agradable, tan relajada, tan deliciosamente larga, tan nocturna. Tú en tu casa en el centro de Madrid, yo en la mía en el centro de Alcalá. Dos pequeños mundos nuestros pisos. Mundos unidos por el teléfono.

Me preguntabas, una vez más, por qué no hacer tal o cual cosa para conseguir esto o lo otro en el mundo de las funciones clericales. Mi respuesta fue la de siempre. La única que me hubiera satisfecho como seminarista. Desde el momento en que sabemos de la existencia del Ser, de Él, del Único, no tiene ningún sentido pretender nada para uno mismo en el ámbito clerical.

De todo se ocupa Él. Tenemos que tener fe en que nada queda desatendido. Ningún detalle queda olvidado. Constituiría una falta de fe levantar el plato reclamando una ración, cuando la que distribuye es la Mano Omnisciente. Si servimos al Puro, nuestra intención debe ser completamente pura, nuestros medios también. Y en esta materia no hay otro medio más puro que el de tener fe en esa Sabiduría del que todo lo puede. Y casi siempre la Sabiduría determina que su mejor regalo es el que es invisible y la rutina y la paz.

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