jueves, noviembre 26, 2015

Resumiendo


Hace ya unos meses que me viene a la mente la idea de escribir el segundo tomo de mis memorias. De ningún modo, por vanidad. En este momento de mi vida, no hay nada, ni una brizna de soberbia en ese deseo. Pero, a menudo, me pregunto cómo quiero ser recordado en el futuro si un libro mío sobrevive. Si una de esas miles de botellas cerradas que arrojo al Mar del Tiempo es recogida por una mano lejana y se asoma a mí, al mundo que fui yo, ¿qué retazos escogidísimos quiero preservar dentro de ese vidrio?

Cuando sea yo polvo en una caja, cuando todo lo que quede de mí sea polvo, alguien sabrá de mí las 80 o 100 páginas que haya yo selecionado. Es una tarea grandiosa escoger 80 páginas de hechos y sentimientos de entre toda una vida. Eso sí que es la gran cosecha. El cincel que debe ser preciso para bosquejar la faz definitiva.

Resumir todo mi trabajo exorcístico en diez páginas, todas las miles de páginas de mis libros en otra decena. Mi parroquia, mis oraciones, mis misas, mis amistades caducas y vivas, mis películas, todo en un manojo de páginas. Qué tarea tan apasionante. Una selección muy breve, muy concisa, la esencia.

Espero vivir más años, pero escribir el libro como una despedida. A sabiendas de que la trituradora de los años quizá tal vez perdone o se olvide o no vea esa pequeña botella de un centenar de páginas. Como si tuviera más esperanza en lo pequeño y humilde. Quizá se salve mi obra integral como la de Athanasius Kircher. Pero tampoco eso me ahorra la posibilidad del olvido total. También las obras son preservadas y olvidadas. Tengo poca confianza en el futuro, quizá porque acumula demasiado, quizá porque se convierte en un inventario imposible por su extensión.


Bien, al menos, destilaré mi vida en cien páginas. Será una vida humilde, os lo aseguro. Colocaré el líquido de las palabras en una pequeña botella. Después confiaré en la Lotería de Babilonia en esa Biblioteca de Babel. 

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