jueves, diciembre 24, 2015

El tormento y el éxtasis de la grandeza


Recuerdo a un niño de diez años que fue al cine a ver Star Wars; era yo. La maldad de Vader nos impresionó a todos. Nunca se había visto algo así en la gran pantalla. Podría hablar de otros muchos personajes, pero fue Vader el que llenó la película. Fue él y sólo a él al que todos recordaron. Luke, Leia palidecían ante esa figura impresionante.

Ahora los niños tienen centenares de películas a su disposición. Desde pequeños crecen rodeados de un centenar de canáles de televisión. Es difícil que ellos puedan sentir lo que sentimos los niños de nuestra generación en 1978 al ver esa película. El niño que ahora siempre come golosinas y dulces, no puede imaginar el placer de un niño cuando tomaba chocolate en Navidad en 1947.

Pero lo que fascinó a un niño de diez años, deja de fascinar a alguien con medio siglo de vida. Ahora reconozco la increíble diferencia de calidad entre La Misión y Star Wars: la descripción de los personajes, los matices de la historia, sencillamente, todo. Hay más genialidad en cualquier gesto del cardenal de La Misión que en todas las respiraciones artificiales de Vader. Hay más arte en la conversación entre Tirrell y Deckard en la corporación, que en todas las conversaciones histriónicas de la famosa saga.


Esto también se puede trasladar a la labor de la Iglesia. Ciertamente, no siempre son los jerarcas más aclamados los que hace una labor más interesante, más profunda, más espiritual. A veces el último mono trabaja de un modo tan superior que su cardenal jamás lo entenderá. No lo entenderá porque está treinta escalones por debajo; tampoco las masas lo entenderán. 

A veces, sólo los ángeles se sonríen, sabedores de que esa acción de ahora sólo será entendida en el más allá dentro de mucho tiempo. Por eso la paciencia es la virtud de debe acompañar a los grandes. Sin la paciencia, la grandeza se volvería una fuerza destructiva para su mismo portador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada