jueves, diciembre 10, 2015

La vida de un emperador



















Dos de las cosas que uno acaba comprobando con la edad es que muchos de los problemas de la sociedad podrían ser solucionados si alguien se pusiera manos a la obra. Increíblemente, muchos problemas son abandonados a su suerte, que campen a sus anchas, que fastidien al que le toquen, y así durante decenios.

La segunda cosa que he comprobado es como la sociedad encumbra a todos los niveles del Poder a menudo al que es poco capaz. A aquél que, aunque quiera, no tiene capacidad para entender donde está el problema o como solucionarlo. Y eso sin contar con que a la incapacidad se une, no pocas veces, que el que nos gobierna es débil, falso, hipócrita, egoista, engreído y mentiroso.

Estoy releyendo, otra vez, Memorias de Adriano. Es bello pensar qué sucedería si la persona adecuada inteligente y honrada tuviera el poder absoluto durante toda su vida no sobre un país, sino sobre todo un imperio, sobre toda una gran comunidad de estados.

¿Qué haría yo si se me hubiera concedido ese poder? ¿Qué primeras medidas tomaría? ¿Qué planes a largo plazo diseñaría? Todos creemos que lo haríamos bien. Todos creemos tener capacidad para desempeñar esa función.


Sin necesidad de llegar a tanto, ¿cómo se sentirá el jefe de estado que ha gobernado toda una vida, decenios y decenios, sabiamente, rodeado del amor de su pueblo?  ¿Cómo serán sus últimos años, sus pensamientos, su retiro sin abandonar la máxima magistratura? ¿Una villa, un refugio en mitad de la naturaleza, paseos, pasar el día pescando junto a un bosque? Volver, de vez en cuando, al foro de la Urbe, a una población provinciana, a ser aclamado, a que te estreche la mano alguien que te sonríe.

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