jueves, febrero 11, 2016

Albáizar, Echalar, Carlos III y finalmente el seminario Bidasoa


De los felicísimos años en el seminario, me he acordado hoy de dos canciones: la primera es la titulada La puerta del sagrario.

La puerta del Sagrario
¡quién la pudiera abrir!
Jesús, entrar queremos,
llegar a Ti.

Sintiendo Tus caricias
sonríe el corazón.
¡Oh, Fuente de delicias!
Ven, ¡oh, buen Dios!

Ninguno decir sabe
lo que nos dices Tú.
¡Oh qué precioso aroma
lleva Jesús!

Pureza de las palmas, (almas)
palomas de candor,
así quiere las almas
Tu santo amor.

Manjar que nos encanta,
Cordero de Belén,
Panal de gracia santa,
ven, dulce Bien.

La segunda canción que hoy he recordado es la titulada Dueño de mi vida, vida de mi amor, ábreme la herida de tu corazón:

Dueño de mi vida, vida de mi amor,
ábreme la herida de tu corazón.

Corazón divino, dulce cual la miel,
Tú eres el camino para el alma fiel.

Tú abrasas el hielo, Tú endulzas la hiel,
Tú eres el consuelo para el alma fiel.

Dueño de mi vida, vida de mi amor,
ábreme la herida de tu corazón.

Corazón divino, ¡qué dulzura dan
de tu sangre el vino, de tu carne el pan!

Tú eres la esperanza del que va a vivir;
Tú eres el remedio del que va a morir.

Dueño de mi vida, vida de mi amor,
ábreme la herida de tu corazón.

Corazón divino, dulce cual la miel,
Tú eres el camino para el alma fiel.

Dueño de mi vida, vida de mi amor,
ábreme la herida de tu corazón.

Me acuerdo cuando todo los seminaristas cantábamos esas canciones con todo nuestro corazón, con toda nuestra fe. Qué ambiente tan impresionante de amor a Dios reinaba, qué grandes en el espíritu llegaron a ser algunos de los compañeros con los que conviví. Algunos tenían más de ángeles que de humanos.


Fuera de ese ambiente estas canciones pueden parecer demasiado melosas. Pero en aquel lugar bendito donde los ángeles volaban, de verdad que eran cantadas con todo el sentimiento de nuestras almas.

1 comentario:

  1. ¡Cuánta razón y qué años aquellos!

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