lunes, febrero 15, 2016

Domingo, otro domingo. Me encantan los domingos.


Domingo, día del Señor.
He invitado a comer en mi casa a un cura de sotana.

-De primero, paella con chipirones.
-De segundo, unos choricitos churruscaditos.
-De postre, unos minicoulants de chocolate, comprados congelados pero que siempre dan impresión de que soy un gran chef.

Después, dos horas de discusión teológica. Yo defendía la posición más progresista.

A las siete de la tarde, en mi misa, he predicado el segundo sermón sobre las Siete Iglesias del Apocalipsis.

Tras la cena me he acordado de que me había olvidado de hacer una corrección en una de mis novelas. Tenía que cambiar los guiones cortos (en los diálogos) por guiones largos.

Después he escogido a una víctima (un amigo) al azar para darme un largo paseo mientras hablábamos por teléfono. Ya desde el principio le he dicho el propósito de esa llamada. Con condescendencia se ha resignado a una conversación de una hora.

Antes de irme a la cama escribo este post. Recordando el post de ayer, imagino lo impresionante que sería tener poder sobre toda una nación para hacer de ella un lugar próspero. No es mi tarea, sino la de los laicos. Pero es una misión impresionante que el Destino ha otorgado a algunos invididuos.


He acabado de escribir el post. Trabajaré un poco y leeré un rato el Apocalipsis antes de irme a la cama.

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