domingo, febrero 07, 2016

El espíritu del Vaticano II, el concilio que tanto amaba San Juan Pablo II el Magno



















Me gustaría completar un poco el post de ayer, hay sustancias más duras que el hormigón, bastante más duras, y mucho más flexibles. Sin embargo, otros materiales son menos duros y encima más rígidos. Esto vale para la teología, para el gobierno de la Iglesia y hasta para el modo en que hay que tomarse la vida.

No es la vida la que me ha hecho flexible, sino el Espíritu Santo. Él me ha enseñado a hacer las cosas más a su modo y menos al mío.

Nada hay peor para el defensor de la ortodoxia que ver el fantasma del relativismo por todas partes. Nada hay peor para el que ostenta una autoridad, civil o eclesiástica, que el miedo a no ser respetado


¿Hasta donde debe llegar el ecumenismo? En mi opinión, casi siempre, hasta el máximo. La Iglesia debe ser afirmación gozosa de una buena nueva, no un estado de continua defensa frente a los enemigos, un estado de permanente y tensa apologética. 

Nada hay de malo en la defensa ni en la apologética, pero hay un estado del alma que puede llevar a la continua sospecha, a la continua confrontación, en vez vivir en paz en la sencilla afirmación.

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