viernes, febrero 05, 2016

La juventud, crítica de la película, relato de una decepción


Hoy iba a escribir una segunda (y tal vez aguda) reflexión acerca de la posibilidad de que algunos protestantes pudieran recibir algunos sacramentos en la Iglesia. En concreto iba a hablar de la confesión y la unción de los enfermos.

Pero éste es un blog caprichoso y no me resisto a hablar de la película que estoy viendo durante mis almuerzos y cenas: La juventud de Paolo Sorrentino. La legalidad y el modo en que estoy viendo la película la dejo a la imaginación de los lectores.

Primero de todo debo advertir que dudé mucho y varios días acerca de si me era lícito ver tal película, porque en la cartelera salía una hija de Eva enseñando toda la pars posterioris de su cuerpo, esa parte con la que los humanos nos solemos sentar.

Eso sí, observé que la película estaba permitida por el Estado para mayores de 12 años y que una web especializada en calificar moralmente las películas ofrecía una calificación moral bastante benigna en relación a la mayoría de las que se estrenan.

El caso es que, con ciertas dubitaciones, me decidí a verla. Llevo ya una hora y nueve minutos de película y, de momento, no ha salido nada que no pueda ver en un anuncio normal y corriente de yogures. Aunque llevo sólo vista una hora de esta cinta, no me aguanto de dar ya mi opinión sobre la película. Algo arriesgado de hacer a la mitad de la cinta. Pero en mi vida puedo aceptar este nivel de riesgo. Otros no, pero éste sí.

Alguien tan entusiasta como yo de la anterior película de Sorrentino, La gran belleza, tiene que reconocer que esta nueva obra peca de innumerables defectos. El peor de ellos, un guión aburrido. Sorrentino cae en el mismo error que Kurtzel en su Macbeth: no bastan bellas imágenes y buena música para que por sí solas salga como resultado una buena obra de cine. A la sucesión de imágenes hay que darles un ritmo adecuado que mantenga el interés del público. Sorrentino falla totalmente en esto aburriendo hasta a las mismísimas ovejas.

A ratos observas un gran talento del director en una escena, en un momento, para volver a caer en el tedio poco después. En su anterior película, es cierto que había muchas escenas que se limitaban a mostrar una bella imagen. Pero lo hacía dentro de un fluir narrativo que resultaba atrayente. Eran imágenes que realzaban una historia, que se engarzaban en una narración. Todo eso falta en la nueva película.

Además, por si fuera poco, demasiadas cosas en esta película no resultan convincentes ni realistas. No basta filmar a dos personas repitiendo un diálogo memorizado ante una cámara, para que ese diálogo resulte real. En muchos momentos, las conversaciones me recordaron al mal cine actual de Woody Allen.

El personaje de Michael Caine sí que es convicente. Ese personaje sí que se sostiene. Pero el de su hija, literariamente hablando, está mucho menos trabajado. El personaje de Keitel y los cineastas jamás llega a un mínimo nivel de realismo que me convenza. Se puede hacer una obra maestra sin una sola frase lapidaria. Pero jamás se ha hecho una gran película llenándola de frases lapidarias.


Todo el guión pobre, las fluidez nula, los personajes irreales y las conversaciones de cartón piedra lastran la obra de forma irreversible. Sí, todo en medio de una fotografía muy bonita, pero todo más hundido que el Titanic. Insisto en que Caine hace un gran papel, pero él solo no podía salvar toda la película.

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