miércoles, marzo 09, 2016

Teología de la Historia


En mi libro El león y las llaves explicaba con detención que hubieran sido posibles distintas formas de cristianismo dentro del mismo molde dogmático. Por supuesto, que hubieran sido posibles, además, otros cristianismos todavía más diversos si Dios hubiera creado otra construcción dogmática. Incluso cabe la posibilidad de que en construcciones dogmáticas muy diversas dos formas de cristianismo hubieran acabado en resultados finales (canónicos, estéticos, jerárquicos) prácticamente iguales distinguiéndose sólo en la base inicial de la que partieron sus construcciones lógicas e históricas.

¿Hubiera sido posible (como una posibilidad de razón) un catolicismo incipiente que hubiera tenido que refugiarse en el siglo II en Asia, y que, ajeno a la filosofía griega, hubiera acabado asentando su sede petrina en las laderas del Himalaya tras varios siglos de éxodo asiático? ¿Podemos imaginarnos un Imperio Romano pagano hasta su disolución y un estado teocrático cristiano en un Tibet converso al Evangelio? Imaginemos una historia del cristianismo mucho más espiritual de la que de hecho tuvo en Europa. Imaginemos una corte monástica en la capital de esa teocracia, una liturgia cristiana que entroncara con el sustrato precedente.

O podemos imaginar un catolicismo muchísimo más parecido al protestantismo de tipo cuáquero o evangélico. Con los mismos dogmas, pero que hubiera reducido los aspectos rituales y jerárquicos usque ad minimum. Sin negar nada, pero de hecho viviendo su vida cotidiana bajo la Palabra, reservando el Misterio de la Eucaristía a unos contados lugares sagrados atendidos por monjes ascetas, pocos pero escogidísimos por su santidad. Una situación en la que los ordenados in sacris fueran una minoría itinerante, carente de estructuras humanas. Podemos imaginar toda una canonística totamente distinta de la actual sin variar ni un solo dogma, con los fieles recibiendo cada uno de los sacramentos una sola vez en la vida, en momentos verdaderamente excepcionales, con un clero que viviera como Jesús deambulando por Galilea.

Podemos imaginar un cristianismo en el que todas las características propias de las iglesias ortodoxas se exacerbaran al máximo. Con un Papa, Patriarca de Patriarcas, en continua y permanente visita de los sínodos provinciales, sin sede fija. Una Iglesia en la que se hubiera paralizado de forma voluntaria toda evolución de la teología. Una Iglesia que no conociera más que una minuciosa recapitulación de la patrística, aferrada a esos textos venerados, con unas facultades de teología en las que los estudios estuvieran totalmente ritualizados. Una Iglesia que actuara frente a los Santos Padres como ciertas corrientes judías han actuado frente al Talmud.

¿Por qué es bueno reflexionar sobre esto? Porque usar la razón nos ayuda a entender que en la Iglesia ha habido una acción del Espíritu Santo, una Providencia del Cielo. Dios ha intervenido en el decurso de los siglos. Eso es así, pero que las cosas podían haber sido muy distintas. Y entender esto nos lleva a amar la Tradición, pero también a tener una cierta flexibilidad mental.

Tenemos que tener un cierto ecumenismo con nuestros hermanos de la misma Iglesia que no piensan como nosotros. Todos pensamos que todo tiene que ser como queremos nosotros. Identificando el yo y la verdad. Las mejores cabezas de la Iglesia siempre han sido flexibles, siempre han jugado con gusto unos cuantos de los millares de movimientos posibles sobre el tablero. Quedándose después con los mejores movimientos.


Los teólogos más rígidos siempre han sido más proclives a la erudición, a veces se han dedicado al cultivo de una erudición maníaca. Pero pensar cosas nuevas, el arte de pensar lo que nadie había pensado antes, no ha sido un don concedido a todos: Rahner, Von Balthasar y otros, no muchos.

1 comentario:

  1. Por falta de tiempo, no coloco visibles vuestros comentarios, pero los leo.

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