viernes, abril 29, 2016

Libros posibles, otras vidas, índice real


Hoy no tenía guardia en el hospital. He dedicado parte de la mañana a revisar las carpetas del ordenador donde guardo mis escritos. Hasta que no acabe mi obra sobre San Pablo, el resto de libros seguirán durmiendo, aguardando el mes o año en que mis dedos los despierten a la luz. Mis dedos, porque todos requieren siempre de una última revisión.

Repasaba esta mañana el índice de mis obras publicadas. Índice que, incluso para mí mismo, está online en Biblioteca Forteniana. Sólo faltan en él cuatro obras publicadas en papel y, de momento, todavía no a disposición de los lectores de forma gratuita.

Se lo decía a alguien con el que hablaba por teléfono hace unos días: yo creo que hubiera sido un buen profesor de universidad. La vida diocesana me ha llevado a ejercer un cierto magisterio a través de mis libros. Me he encontrado cada día no dando una clase, sino retocando este párrafo o añadiendo esta línea o corrigiendo una argumentación.

No oculto que hubiera sido muy agradable para mí un entorno como el de Tierras de penumbra. Una película que no me gusta, pero en la que el papel de John Wood me entusiasma. Si tuviera que elegir un rostro como profesor en Oxford me elegiría el de John Wood sin ninguna duda.

Hubiera sido una vida muy distinta. En la que mi labor hubiera sido la palabra hablada, la palabra que desaparece. Una vida más rica en conversaciones y debates. Pero los aburridos lectores de siglos futuros no se hubieran encontrado con el índice que hoy día ya existe. Sin duda hubiera existido un menor número de obras mías pero más eruditas, más académicas. Quizá era eso lo que no debían ser mis obras. Debían ser más imperfectas, más vitales, con más errores, más atanasiokircherianas.

Ese índice de obras es mi vida. Las títulos que lo completarán son mi futuro. No infrecuentemente me pregunto si se salvará alguna de mis obras dentro de tres siglos. Con toda honestidad me pregunto si tendrán interés a los ojos de esos lectores futuros para los que he trabajado día tras día.


A ratos pienso que tal vez mi obra no valga gran cosa. A ratos me alegra pensar que millares de personas valorarán este laberinto de pensamiento que he creado, pero que sobre él debe caer el polvo de siglos. Lo que os puedo asegurar es que nunca se me ha pasado por la cabeza es quemar mi obra como ese buen dominico medieval creador de sed contras. Ni eso ni quemarme a lo bonzo.


Ferrán, te envidio un poco. Has de saberlo, te envidio. Hoy me haré una buena paella de chipirones con arroz negro para compensar este tipo de deficiencias. Pensaré algo exquisito para el postre entre libro y libro. 

6 comentarios:

  1. Padre Fortea:
    Siempre tomo nota de su uso de imágenes de eclesiásticos anglicanos...

    ResponderEliminar
  2. Padre Fortea, mi comentario es que todo lo que ud. ha hecho con tanto esmero tiene tanto valor para los que lo seguimos cotidianamente y es según los dones que Dios le ha dado y damos gracias por eso y no importa lo que pase con el tiempo eso queda en Manos de Dios.
    Dios lo bendiga por como es usted porque es muy valioso a nuestros ojos!!!

    ResponderEliminar
  3. Verdaderamente no creo que sus libros al término de tres años sean desestimados, pues el acerbo documental siempre es base de consulta, asimismo pilar para el desarrollo del conocimiento.

    ResponderEliminar
  4. Anónimo11:15 p. m.

    Padre, me habría gustado ser Cartujo y habría sido un mal Cartujo, malísimo! lleno de defectos y debilidades. Eso no quita que me siga gustando y que no cambie de opinión. A cambio Dios me ha dado una familia y un trabajo lleno de tareas que me ocupan el día y parte de la noche, hijos que me demandan, desafían y me exigen lo mejor, una mujer inteligente y capaz que cuando me escucha espera lo mejor. Amo mi vida, Dios no se equivocó, soy bueno haciendo lo que él me ha encomendado, me resulta facil y placentero llevar a delante mi vida. Pero todos los dias hasta dos veces cierro los ojos y me imagino uniendome a mis hermanos Cartujos en oración postrado en medio del coro... No se puede Amar lo suficiente a Dios, siempre quedamos cortos, espero me de la oportunidad de agradecerle personalmente por haberme dado la vida

    ResponderEliminar
  5. Anónimo3:35 a. m.

    Padre que dice... Su obra no es más que el ruido que hace su cuerpo, alma y espíritu al permitir a Dios pasar por el, como una flauta. Disfruto mucho ese sonido al leer su obra. Diría que es una flauta de marfil con un mecanismo simple de digitacion que permite pasajes complejos, rápidos pero exquisitamente nítidos, de esos que dan ganas de escucharlos una y otra vez. Gracias Padre!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Anónimo4:08 p. m.

      Que hermoso comentario

      Eliminar