viernes, abril 22, 2016

Quantum lenta solent inter viburna cupressi.


Hoy he leído el relato de Borges titulado Las hojas del ciprés. Me podría limitar a ofreceros unas opiniones; o también podría hacer un resumen en tres o cuatro líneas. Pero he preferido transmitiros el placer de esta partitura borgeana escogiendo unos pocos acordes de palabras. Unas pocas líneas que fácilmente os transmitirán el hambre de leer esta historia.

Tengo un solo enemigo. Nunca sabré de qué manera pudo entrar en mi casa, la noche del 14 de abril de 1977.

Así, con esa concisión, con esa sobriedad, arranca la historia. Entresaco las siguientes frases algo más adelante:

Era menos alto que yo pero más robusto y el odio le había dado su fuerza.

Lo animaba una suerte de negra felicidad.

Para no hacer ruido bajamos por la escalera. Conté cada peldaño. Noté que se cuidaba de tocarme, como si el contacto pudiera contaminarlo.

La noche era de luna serena y sin un soplo de aire.

Esas descripciones, magistrales en su brevedad, tan elegantes. Después viene el primer elemento perturbador:

Alto en la sombra vi el reloj de una torre; en el gran disco luminoso no había guarismos ni agujas. No atravesamos, que yo sepa, una sola avenida. Yo no tenía miedo, ni siquiera miedo de tener miedo.

El árbol de mi muerte era un ciprés. Sin proponérmelo repetí la línea famosa: Quantum lenta solent inter viburna cupressi.

Nadie tiene la menor duda de que el autor a punto de ser asesinado hubiera sido perfectamente capaz de repetir un verso latino de Virgilio. Otros escritores se deleitan en poner tacos y groserías en la boca de sus protagonistas antes de morir. Ofrece una sensación de mayor realismo. Borges coloca en la memoria del que va a morir un verso latino.

Salvarme y acaso perderlo, ya que, habitado por el odio, no se había fijado en el reloj ni en las monstruosas ramas.

Vi por primera y última vez el fulgor del acero. Me desperté.

El final de la historia acaba así:


A los diez días me dijeron que mi enemigo había salido de su casa una noche y que no había regresado. Nunca regresará. Encerrado en mi pesadilla, seguirá descubriendo con horror, bajo la luna que no vi, la ciudad de relojes en blanco, de árboles falsos que no pueden crecer y nadie sabe qué otras cosas.

Magistral, insuperable, literatura con mayúsculas.

4 comentarios:

  1. Es sofisticado;
    austeramente sofisticado:
    era menos alto que yo...

    ahí da su toque de distinción, su salida de lo normal,

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  2. Querido Padre, no cabe duda que para ser un buen escritor es necesario ser antes un buen lector y si esa fuente es de los mejores, sin duda que ese pupilo será de los mejores también. Un abrazo.

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  3. Tenía que venir atraída por su escritura y qué sorpresa ver a Borges. Esto es grandeza escrita. Gracias por compartir

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  4. Genial relato, fantastico y extraño, del gran Borges, donde se mezclan sueño, realidad, vida y muerte... Continuamente lo releo.

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