domingo, mayo 15, 2016

Ayer repartimos cinco jamones en premios. Eso sí, en un universo paralelo.


La foto de hoy es para mi dentista. Siguiendo con el tema de ayer, lo que no me imaginé al escribir el artículo de La catedral de San Agustín era que, sin yo pretenderlo, ofrezco una bella visión de lo que eran las funciones de los diáconos en el siglo V.

Una de las razones por las que no me importó dedicar tanto tiempo a informarme de cómo era la vida eclesial del final del Imperio Romano, era que eso beneficiaba a la novela sobre San Pablo que sigo escribiendo. Reconozco que, al final, no ha sido tan útil. El siglo V está demasiado lejos de la generación apostólica.

Año tras año voy llenando huecos en mi deseo de saber cómo fueron esas primeras generaciones del cristianismo. Lo que ahora sé no tiene nada que ver con lo que sabía cuando tenía veinticinco años de edad. El único problema es que ahora veo con claridad que cuando por fin haya llenado sustancialmente los huecos más importantes, ya será el momento de morir. Cuántas veces ha pasado esto en la Historia. Por eso ahora valoro tanto la ciencia de los especialistas ancianos que han dedicado toda su vida a conocer algo. Y eso que en algunos ocurre una carrera en sentido inverso, una carrera con dos corredores: uno corre en el sentido de seguir aprendiendo, y otro corre en el sentido de ir olvidando.


Hay ancianos que llegan hasta el final con la vista de su intelecto claro. Otros, sin embargo, se hayan inmersos serenamente en esa doble carrera que siempre gana el segundo. También esto es una enseñanza acerca de la vanidad de las cosas, de la fugacidad de todo. Yo lo acepto. Es el orden de las cosas. Y en ese orden está Dios. La alternativa a la existencia de un orden divino es la selva, el caos como única regla, el azar como único timonel, el sufrimiento sin consuelo, sin esperanza.

4 comentarios:

  1. Nuestra vida son los ríos, que van al mar, que es el morir...

    Hoy estamos trágicos. El Veni Cretor tiene hoy una clara respuesta alegre para Vd (para todos) ;)

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  2. Saludos padre! Me encantaría leer la novela de San Pablo, le pregunto alimentar el intelecto, penetrar en las bellezas de la vida, ¿servirá de algo en la otra vida, en el reino de los cielos? Pienso que si, si puede dar luz lo agradeceré!

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  3. Riachuelo4:47 p. m.

    sí la ancianidad apaga esas luces que tras años de investigación se fueron encendiendo, el plasmar todo lo descubierto en un libro, en un audio, de alguna forma que sobreviva al inexorable paso del tiempo es la alternativa perfecta para la memoria del hombre que nace, vive y fallece. Es bueno que todo ese vivir, ese descubrir quede reflejado de algún modo para que los espíritus inquietos del futuro puedan aprender de lo que otros averiguaron. Es una forma más de servicio a la comunidad humana.

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  4. Padre Fortea, me anoto a lo de los jamones porque yo si lo encontré pero no le escribí nada.

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