viernes, junio 03, 2016

Vejez, divino tesoro


Me acuerdo perfectamente cuando me fui acercando al meridiano de los cuarenta años de edad. Tengo perfecta memoria de mis pensamientos y sensaciones. Eran más que nada sentimientos, porque el cuerpo seguía funcionando como una maquinaria perfecta.

Pero ahora que me voy acercando a otra línea, la de los cincuenta años, cada vez que hablo del tema con mis amigos me da la sensación de estar teniendo una conversación con compañeros del Inserso. Nos encontramos a cenar y siempre acabamos hablando de lo mismo: Así que te han quitado la vesícula. ¿Y a tí no te habían encontrado eso otro en el intestino? ¿Ya está arreglado? Y otro tercia contándote (relatándote con todo detalle) su operación de hernia. El otro que se calla tiene mal los huesos.


Y cada vez nos vemos más asediados por buenos samaritanos que tienen la solución de todo. Están los samaritanos de los suplementos, los del Ejército de Salvación de las Hierbas Medicinales. También están los que te preguntan, cada vez que te ven, si has tomado ya tres pastillas diarias de Rintalicín o los 50 gramos de Recacinina. También está el que te exige que ingieras aceite de hígado de tiburón de Alaska en ayunas.

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