Mencioné la película Pactar
con el Diablo, una película cautivadora (desde el primer minuto hasta el
último); sin duda, una de las mejores de la década de los 90. Y es por eso, por
su grandeza, que no me resisto a poner aquí la paradoja incomprensible de algunas
críticas profesionales, es decir, de las que son pagadas y aparecen en los
periódicos:
♣ Cuando la película se acerca a las 2
horas y cuarto, comienzas a sentirla como una condena eterna.
♣ Una película tan hinchada, gigantesca y, en última instancia, de mal gusto que logra lograr un esplendor justamente
hortera.
♣ El resultado se muestra tan ambicioso
como desaliñado. Tan sólo la presencia de un
Al Pacino un tanto sobreactuado salva del caos a esta intriga jurídica (...) que se limita a
mostrar unos conseguidos efectos especiales y un ir y venir de referencias
genéricas.
No lo entiendo, colocas
un clásico delante de sus ojos y te dicen que es malísima. Les pones delante La
Naranja Mecánica y se deshacen en elogios como colegiales.
En fin, si alguno no ha
visto esta cinta, ya tiene un peliculón para alguna tarde del domingo. Lo tiene
todo: un guion supremo, interpretaciones insuperables, una puesta en escena
magistral, un tempo para quitarse el sombrero. En sus dos horas y media, no
sobra ni un solo minuto. Todos, absolutamente todos, son necesarios para
entender la progresión de la historia. Es cine más allá del entretenimiento.
¿Por qué los críticos hacen eso? Me pregunto si son malos por naturaleza. ¿Tal vez hay una conspiración mundial? ¿El critico nace así o se hace? ¿Tienen el gusto averiado o son como los policías corruptos de la Sicilia de los años 80?
♣ ♣ ♣
Ojo, algún spoiler a partir de ahora. No leáis lo que sigue si no habéis visto la película. Si yo filmara
ahora esta historia, hubiera quitado todos los efectos especiales. Hubiera dejado
en su desnudez el envilecimiento de un abogado en su realidad desnuda; con un
discurso final que dejara la duda de si el jefe era un magnate que se había
vuelto loco o si era lo que decía ser. También hubiera apostado por una profundización
teológica del guion, al estilo de El séptimo sello. Esta película era el
escenario perfecto para reflexionar en profundidad.
Desde luego, el discurso final de Al Pacino es uno de los más grandes climax de toda la historia del 7º arte. Contados con los dedos de la mano podremos encontrar un discurso así. Quizá sea el más grande discurso de toda la historia del cine. Pienso ahora en la voz en off del cardenal al final de La Misión. Pero el de Al Pacino con sus movimientos, sus gestos y la escenografía de detrás... es un espectáculo sinfónico.
Cuando fui a la Catedral Nacional de Washington, lo primero que busqué fue el tímpano en el que se inspira el conjunto escultórico del despacho de Milton. Conjunto que se titula Ex nihilo.