A mi edad, el
conocimiento que tengo de los principados de la dinastía Julio-Claudia y del de
Adriano no tiene nada que ver con lo que sabía cuando tenía treinta años.
Gracias a los artículos leídos y las conferencias escuchadas durante mis
últimos veinticuatro años, el cuadro de lo que realmente supusieron esos reinados
lo tengo mucho más completo.
Digo esto porque hace dos
días escribí que no por el hecho de que alguien fuera un dictador, no por eso,
necesariamente, su gobierno tenía que ser ineficiente. Eso me ha llevado hoy a
preguntarme en voz alta: “Si Roma hubiera sido una democracia, ¿el Estado habría
estado mejor gestionado de lo que lo fue desde la época de Julio César hasta
Claudio”? Eso son unos ochenta años en los que únicamente Cayo Julio César
Augusto Germánico (también conocido como Calígula) tuvo un carácter
errático e incontrolable.
¿Realmente habrían
cambiado mucho las cosas si los emperadores hubieran sido elegidos por votación
popular cada cinco años? Pienso que la democracia de lo que realmente nos
protege —voy a hacer una oversimplification— es de que la gente normal que
llega al poder se corrompa absolutamente cuando lleva quince años ejerciendo el
gobierno absoluto de una nación.
Soy consciente, lo
reitero, de que es una excesiva simplificación. Pero no pensemos que
necesariamente un líder elegido por una votación ya por eso es más altruista,
prudente y honrado que alguien que llega al poder por una proclamación
senatorial vitalicia.
Es cierto que, a medio
plazo, la diferencia de resultados entre las democracias y las dictaduras es
clara, pero quizá por lo que he dicho: el dictador benigno, en sus últimos años
de vejez, puede arruinar todo lo conseguido. Tanto la proclamación senatorial
como la victoria electoral son solo medios.
Con esto no estoy
manifestando ni el más mínimo desencanto con la democracia. Pero considero que nuestro
amor al actual marco constitucional, un marco parlamentario, debe ser
consciente de los límites de este sistema. Nuestro entusiasmo por la democracia
debe ser realista, no ciego.
He estado a punto de
escribir “el gobierno del Pueblo”, pero ya dije en otro momento que el Pueblo
nunca ha gobernado. Podemos elegir el método que queramos, pero en ningún marco
constitucional el Pueblo gobierna. El Pueblo ni gobierna ni legisla ni juzga,
cuando se afirma tal cosa con excesivo entusiasmo es que
gobierna Robespierre, legisla Ho-chimín y juzga un comisario popular como
Durruti.