viernes, junio 22, 2018

La custodia de la Catedral de Santiago. Museo: 6 euros la entrada; 4 euros, jubilados; curas, gratis.




















Cada verano tengo que librar una de las luchas que más pena de da. Y es que matar a las hormiguitas pequeñas que corretean por mi cocina me da mucha mucha pena. No son hormigas normales, sino de una variedad más pequeña. Me resultan encantadoras, tan diligentes, con sus patitas, yendo y viniendo con tanta gracia sobre la encimera blanca de mi cocina. 

Pero, claro, solo el primer año opté por un laissez faire. Hace ya casi veinte años, con un espíritu franciscano, pensé que podría dejar que se ocuparan de los restos de comida de mi cocina. Total, por unas miguitas de pan. Hasta me hacían gracia esas hileras de seres correteando. Poco tardé en descubrir que las hormigas tienen una natural tendencia a reproducirse. Y vaya que si se reprodujeron.

Tuve que coger una esponja de cocina y recorrer cada hilera de hormigas de principio a fin. Después limpiaba aquella masacre de la esponja bajo un chorro de agua. La hilera se reanudaba en un minuto. Y allí estaba yo.  Como la Luftwaffe ametrallando un convoy de suministros. Actué de esta manera varias veces al día. Se trataba de una estrategia sencilla, pero eficaz. Las hileras cada vez tenían menos hormigas. Persistí.

Al final, ya no hubo hileras, solo hormigas sueltas. Persistí en mi empeño. La hormiga reina debió preguntarse por qué no volvían las obreras a casa.

Sé que las hormigas no tienen sentimientos ni proyectos de futuro. Probablemente no tienen recuerdos como los replicantes. Pero sentía lástima, os lo aseguro. A diferencia de los mosquitos que entran en la habitación cuando duermes, que, cuando los matas, sientes una satisfacción exultante. Si los mosquitos fueran grandes como gallinas, yo los perseguiría con un bate de beisbol. Y estoy seguro de que sentiría una alegría grandísima al acabar con ellos.

Hoy iba a hablar de cuestiones de alta teología. Pero me he despistado con las hormigas. No lo digo en broma. Quizá mañana.

jueves, junio 21, 2018

No tengo ni idea de quién es ese señor de azul




















Hoy he escuchado una conferencia en youtube de don Manuel González López-Corps y ha dicho una cosa muy bonita respecto a algunos momentos de la misa. Hay momentos, decía él, en que el pueblo ora custodiando el silencio. Y momentos en que el sacerdote ora rompiendo el silencio. Me ha gustado muchísimo esa doble expresión y pienso tenerla en cuenta en las próximas misas.

Ya estoy acabando la novena plaga de mi libro sobre Moisés. Estoy aprendiendo tanto sobre el antiguo Egipto. Y estoy disfrutando muchísimo. Me gustaría que me la revisara algún gran experto en Egipto, pero no conozco a ninguno.

He comenzado a ver, por tercera vez, Macbeth de Kurzel (año 2015). Ayer vi parte de un documental sobre el parque chino de Hunán. Pero, al final, me aburrió tanta roca y tanto árbol. Hoy he comido un delicioso sándwich de salami con un sacerdote y una pareja que son novios.

La foto es de la Puerta Santa de la Catedral de Santiago, desde dentro del ábside.

Un último pensamiento, pero que me sale de muy adentro, no sabéis hasta qué punto me llena enteramente la celebración de la misa cada día. Realmente, llena mi día. Es el sol que ilumina mi entera vida. Le doy gracias a Dios de que, conforme envejezco, cada vez más disfruto más de la misa, oro más en ella, siento más sus efectos.

miércoles, junio 20, 2018

Concelebré en tres misas de la catedral de Santiago



De mi viaje a Santiago recuerdo la buena compañía. La compañía es siempre el 90% del placer de un viaje. El otro 10% siempre es lo mismo: piedras, árboles y el mismo cielo que cualquier otra latitud.

Los ingleses son los mejores haciendo estupendas películas de viajes victorianos. Y hace ya un siglo que se han dado cuenta de lo bueno de una película así son los personajes, sin importar si están a bordo del Orient Express o en un barco que remonta el Nilo.

Los viajeros miran el programa del viaje, como si alguien pudiera distinguir entre una isla griega y otra, como si alguien pudiera distinguir entre Chipre y Túnez.  Las agencias deberían proporcionar mejor programas de acompañantes: ir adonde sea con alguien parecido a Marguerite Yourcenar, ir adonde sea con una imitación barata de Alberto Manguel, ir adonde sea con una versión más diluida de Umberto Eco.

Yo con mis acompañantes fui plenamente feliz. Aunque una ostra, envidiosa de nuestra dicha, decidió intoxicarme. Todo se resolvió con una diarrea de tres días.

Al día siguiente de llegar a casa, llegó el verano a España. El buen tiempo se había olvidado de este país. Sigo con mi libro sobre las plagas, hoy he acabado la octava. Escribo y escribo, pero nada me alegra más que encontrarme con mis lectores. En Santiago me encontré con varios. Uno de ellos era un monje de rito oriental. Jamás me lo hubiera imaginado. Es curioso, ya os lo he dicho alguna vez, con lo que más disfruto es escribiendo novelas. Pero lo que más influye en la gente son los libros en los que hablo de teología.

Así era el claustro románico primitivo de la catedral de Santiago




El caso es que el lunes por la tarde llegamos a cenar a Santiago de Compostela. El verano todavía no había llegado a España a pesar de ser el 11 de junio, hacía frío. Durante casi tres días nos dedicamos a recorrer la ciudad de arriba abajo. 

Su catedral es magnífica, impresionante. Otro templo más para añadir a mi lista de recuerdos catedralicios. Cada una tiene su carácter, su personalidad. Y que la de Santiago de Compostela tiene un carácter muy propio está fuera de toda duda. Su claustro es grandioso, ¡lo que debía ser verlo en siglos pasados recorrido por los canónigos! El museo de la catedral es impresionante. Lo que más me gustó es la reconstrucción de su coro románico. Decir que “me gustó” es poco.

Lo que debía ser en la Edad Media la sensación de haber llegado al extremo del mundo conocido. ¿Qué se debía sentir al llegar a un lugar donde te esperaba un gran templo que custodiaba el arca que se decía que era del apóstol Santiago? Un templo románico bastante oscuro, con velas, incienso, con el canto gregoriano de los canónigos, un lugar propicio para la oración.

martes, junio 19, 2018

Sermones en audio: del 1541 al 1550



Por la tarde escribiré otro post, pero ahora os ofrezco estos sermones que he acabado de subir:

Sermón 1541
Los nombres de las personas

Sermón 1542
La Ascensión, año 2018, primera parte

Sermón 1543
La Ascensión, año 2018, segunda parte

Sermón 1544
Judas Iscariote: Que quede su morada desierta

Sermón 1545

Sermón 1546
El Concilio de Jerusalén, II parte

Sermón 1547
Las vestiduras sagradas

Sermón 1548
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, año 2018

Sermón 1549
Solo Dios es bueno

Sermón 1550
Dios da cien veces más incluso aquí en la tierra

Misa en Barbastro





















Las fotos son de la misa en la catedral de Barbastro. Continúo contándoos mi último viaje. Llegué a Barcelona donde hice noche. Me acosté pronto, porque al día siguiente teníamos que coger un avión muy pronto hacia Santiago de Compostela. No recuerdo muy bien, pero creo que me tuve que levantar a las 6:00 de la noche. No sabéis lo que odio levantarme tan temprano. Mi cuerpo que resiste tan bien los rigores del invierno, el sol de justicia del verano, el hambre y la hartura, la poca agua, las cornadas de la vida y los embates de la fortuna, lo que resiste muy mal son los madrugones. Me lo dijo el médico:

-Tenga mucho cuidado con los madrugones.
-¿En serio?
-Sí, sí, cualquier madrugón lo podría matar.
-¿Pero puedo trasnochar?
-Sí, su cuerpo se adapta perfectamente a los excesos nocturnos. Admirablemente, diría yo.

Bueno, pues después de tanto esfuerzo, de tanto sacrificio, llegamos al avión un minuto más tarde del momento en que se cerraba el vuelo. Hago notar que habíamos facturado en la terminal. Es decir, la azafata sabía que estábamos en el aeropuerto porque habíamos facturado las maletas. Pero por un minuto nos dejó en tierra a sabiendas. Si me está leyendo algún directivo de Vueling, admito compensaciones. Porque hay que tener una maldad tipo Dart Vader para dejar a alguien en tierra, a sabiendas que no hay otro vuelo hacia allí hasta las 7 de la tarde, sabiendo que estábamos camino de la puerta.

Dart Vader hizo muchas cosas, pero nunca he oído que dejara en tierra a alguien en tierra en un vuelo nacional por un minuto. Y sin reintegro del precio del billete, por si os lo estabais preguntando. Insisto, Dart Vader, al menos, luchaba por su casa, por su familia, por su país, pero esa azafata (cuya cara regodeándose en nuestra desgracia recuerdo perfectamente) no ganaba nada.

Así que tuvimos que regresar a Barcelona hasta las 5 de la tarde. Lo cual, al final, comprendería yo que fue hasta bueno, porque Santiago se ve de sobra en dos días y no hubiéramos sabido qué hacer con un tercer día. Pero aquella azafata fue esa mañana la encarnación del Mal, el rostro de la banalidad del Mal. 

Sentí la tentación de que algún día ella estuviera en una cola camino de una nueva vida, de un nuevo futuro en otro continente, y yo le dijera: 
-Lo siento, ha llegado cuatro segundos tarde.
-¿Está bromeando? ¿Verdad…?
-Guardias, llévense a esta alborotadora.


domingo, junio 17, 2018

Una interrupción en los posts sobre mi viaje



No os preocupéis, mañana voy a seguir escribiendo sobre mi viaje. Pero hoy no puedo de ninguna manera no decir algo ante los preparativos que se hacen en Moncloa para sacar el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos, ante los rumores totalmente fundados de leyes que prohíban la apología del franquismo.

A mí las cuestiones políticas me dejan frío, no es mi campo. Más allá de alguna broma sobre Trump, son asuntos en los que no me meto. Ni me va ni me viene. Cosas de este mundo.

Pero cuando vinculan a Franco con la Iglesia, tienen razón. No voy a poner cara de esposa ofendida que se lleva la mano al pecho y exclama sorprendida: “¿¡Yo!?”.
Pues sí, yo. ¿Qué pasa? ¿Algún problema?

Una cosa es la Iglesia y el clero y la fe, y otra un régimen político por muy cristiano que sea. Ahora bien, sería de ingratos, de ingratos y de falsos, no reconocer que nunca, desde el siglo XVII, hubo en España una obediencia más perfecta del Poder Civil a los mandatos de la Santa Madre Iglesia y a sus pastores.

Y estamos hablando de una regencia, la de Franco, de 39 años que abarcó parciamente a tres generaciones. Felipe V llegó a reinar 45 años. Felipe II, el rey más longevo de España, llegó a reinar 42 años. Duradero sí que fue. Eso no lo dudan ni sus peores detractores. Para desesperación de socialistas, comunistas y anarquistas, encima de ganar la guerra, tuvo una salud de hierro.

Ahora Franco es odiado y con razón. Porque ese regente encarna todos los valores que los enemigos del Evangelio odian. No podemos negar que el amor a Dios floreció durante ese periodo de tiempo. No todo se le debe a él, pero él fue la cabeza, el timonel, de ese tiempo. Fuera de toda duda está que, durante ese tiempo, la Ley de Dios fue la ley suprema de toda la nación. Fue una verdadera conversión nacional. España entera volvió sus ojos a Dios y a su Santa Iglesia. Como recordó monseñor Guerra Campos, ese santo obispo: hasta la mayoría de los fusilados murieron después de pedir perdón de sus pecados en la confesión.

Resulta impresionante que personas que blasfemaron, mataron a sacerdotes y quemaron iglesias, puestos delante del abismo de la muerte, escuchando las paternales palabras de los sacerdotes, se arrodillaron ante la cruz de Cristo y exclamaron de todo corazón: “He pecado. ¡Señor, perdóname!”.

Por eso, por tantas cosas, por tantísimas razones, ahora, no me extraña que el Príncipe de las Tinieblas persiga con odio incluso el cadáver de aquél que tanto daño hizo a sus planes. Realmente, no le faltan razones. 

Otros dictadores (Franco lo era) levantaron estatuas gigantescas a su mayor gloria. Franco, cuando decidió construir un monumento, ¿qué levantó? La cruz. Sí, la cruz de nuestro Señor.

Como sacerdote a nadie le debo decir qué debe pensar de una opción política determinada. Todo lo humano es opinable. Lejos de mí usar mi condición de sacerdote para meterme en banderías humanas. Pero yo, siendo sacerdote de Dios, no puedo dejar de hacer como Isaías, que recordó al Pueblo que el rey Ezequías hizo lo que él le indicó y siempre obedeció los mandamientos del Señor.

Viaje de Barbastro a Barcelona



En esta foto salgo yo. Tenía nueve o diez años. Al final del post digo quién de ellos soy. 

Continúo donde lo dejé ayer. Al día siguiente, acompañado de una buena amiga de Huesca, estuvimos toda la mañana paseando por Barbastro. Ella pertenece al camino neocatecumenal. Su amistad es un tesoro que valoro como el oro.

Por mi ciudad, saludé a familiares, a vecinos, a tenderos. Anduvimos Barbastro de norte a sur, y de este a oeste. Barbastro no es Nueva York, de manera que varias calles las recorrimos varias veces. Al mediodía, fuimos a misa. Al final, me decidí por la catedral.

Después de la comida, fui en coche a Barcelona. Allí me esperaban otros dos buenos amigos, también sus nombres los dejaré en el anonimato. Solo diré que él tiene la ironía más fina de Barcelona, y ella es una mujer de profunda vida espiritual. El piso de ella es impresionante, lleno de obras de arte, con muchos libros y un caniche que no dejaba de olisquear mis zapatos.

En la foto, soy el que tiene una lata de coca-cola en la mano.

viernes, junio 15, 2018

Ese entrañable viaje a Barbastro




El pasado sábado tuve uno de esos momentos maravillosos, uno de esos días que recordaré durante mucho tiempo: nos reunimos todos los que en Barbastro cumplimos este año 50 años.

Fue tan entrañable volver a estrechar manos, abrazar y dar besos a aquellos con los que compartí los años de preescolar, EGB y secundaria. Tuvimos un cóctel, almorzamos juntos, tuvimos una larguísima sobremesa y después baile. Yo no bailé, por supuesto; el clero no baila. Pero me gusto tanto todo. Nos reunimos a las 2:00 de la tarde hasta las 11:30 de la noche. Yo me ausenté varias horas de la tarde a visitar a un primo mío que el día de antes había tenido un niño. Pero volví un rato a eso de las 9:00 de la noche. Me costaba separarme. 

¿Y cómo no me iba a costar? Si allí estaba Laurita, con la que compartí patio de recreo cuando los dos contábamos cuatro años de edad. En realidad, estábamos juntos desde los dos años de edad. 

Allí en la reunión estuvo Teresa, mi compañera de pupitre, que era como una madre: lo que se notaba a los trece años la diferencia de madurez entre chicos y chicas. Allí estaba Juan Emilio, tantas conversaciones profundas. La alegría y vivacidad de Ana, que ahora es abogada. Y tantos y tantos otros. Podría citar tantos nombres. Fue una delicia. Todos nos alegramos de vernos de nuevo. Me dio pena que no estuvieran allí los compañeros de Monzón. Si me lee alguno, por favor, que me contacte: Pilar Fajarnés, José Luís Coll. También me hubiera gustado tanto ver a Rosalía o a Silvia Armengol.

Ver a los compañeros de primaria (que aparecen en la última foto) fue conmovedor. Era como volver a las etapas más remotas de mi vida. Cuánto me gustaba jugar al pilla-pilla (lo llamábamos cadeneta, porque lo jugábamos de un modo un poco especial) y a la sueleta, las excursiones al Pueyo, a Los Campos.

Me apena tanto no volver a ver y a charlar a algunos de mis antiguos compañeros que no estuvieron. Uno tiene su corazoncito. Fueron muchos años juntos. Muchos buenos momentos.

Qué no daríamos ahora por podernos asomar por un agujerito y ver a todos en aquella aula donde escuchábamos las clases. Juntos fuimos al cine, juntos de excursión. Si pudiéramos ver aquellos momentos por un agujero...

La vida, qué gran motivo de meditación. Qué tema para llevarlo a la oración.

jueves, junio 14, 2018

Pensando en lo impensable: claúsulas del Derecho



Continuando el tema de ayer. La cuestión de las formalidades de los decretos pontificios acerca de los cónclaves reconozco que se encuentra entre dos polos. 

El primer polo es otorgar mayor seguridad jurídica a través de las formalidades: tiene que haber un determinado tipo de testigos que otorguen fe, tiene que aprobarse según un determinado protocolo que requiere verificación y tiempo. Esta segunda condición del “protocolo” de autentificación puede parecer mero formalismo, pero el tiempo que requiere la materialización del instrumento legal otorga un espacio para que el que sospeche algo pueda hacer averiguaciones o poner en alerta a otros.

El segundo polo es no obstaculizar la flexibilidad de la voluntad pontificia para que pueda adaptarse a todo tipo de situaciones imprevistas: huida del sumo pontífice en medio de una guerra, clandestinidad en una situación de persecución, etc.

Después de darle muchas vueltas, soy favorable a dar preeminencia a un desplazamiento hacia el primer polo. Pues el Derecho siempre puede incluir la salvedad de las imposibilidades evidentes (de carácter objetivo, no subjetivo) para llevar a cabo los actos con todas las formalidades. 

Obstáculos objetivos en los que el sentido común acepta esa flexibilidad adaptativa. Una clausula bastaría para dejar claro que la voluntad inequívoca del sucesor de Pedro, ante testigos suficientes, baste para que un decreto entre en vigor. Aunque ese decreto, por ejemplo, sea respecto a las nuevas normas de convocación del futuro cónclave tras una guerra atómica.

miércoles, junio 13, 2018

Cardenales in pectore y algunas cuestiones canónicas



Hay un asunto del que nunca había hablado pero que siempre me ha producido un cierto temor canónico: el tema de los cardenales in pectore. Los que me conocen saben mi gusto por la seguridad jurídica. Desde hace años, siempre vi un peligro de incertidumbre en esta figura cardenalicia. Cierto que Universi Dominici Gregis indica que no sean admitidos en el cónclave. Y lo mismo el canon 351 del Código de Derecho Canónico. Este último prescribe:

Sin embargo, quien ha sido promovido a la dignidad cardenalicia, anunciando el Romano Pontífice su creación pero reservándose su nombre in pectore, no tiene entretanto ninguno de los deberes o derechos de los Cardenales; adquiere esos deberes y esos derechos cuando el Romano Pontífice haga público su nombre, pero, a efectos de precedencia, se atiende al día en el que su nombre fue reservado in pectore.

Ahora bien, actualmente queda la duda, cuando muere un sumo pontífice, si no habrá determinado algo en su testamento o en otro escrito. Este es un asunto de vital importancia jurídica: podría estar en juego la validez de una elección.

No estaría de más determinar un molde jurídico de expresión de la voluntad pontificia para que no quede ninguna duda acerca de este punto. Después de pensarlo, creo que también hay otro camino para despejar perplejidades. Y sería que en este tipo de casos, el de los cardenales con derecho a voto no anunciados públicamente en un consistorio general, llamémoslos los “cardenales de la duodécima hora”, la hora antes de la noche, deberían ser ratificados en su derecho de votación y asistencia al cónclave por parte del sacro collegio. Es decir, todo purpurado nombrado antes de su publicación en un consistorio general tendría que ser legitimado antes de ser admitido a un cónclave. Sin esa legitimación, no sería admitido, dejando aparte la cuestión acerca de si es o no es verdadero cardenal.

Normalmente, en 980 casos de 1.000, no habrá ninguna duda. La voluntad papal se habrá expresado de forma inequívoca con todas las formalidades que requiere un acto de este tipo por más que se realice en la intimidad del Palacio Apostólico. Pero puede haber casos en que esto no esté tan claro: sobre todo por la claridad de la mente del Papa en sus últimos momentos, o porque se hizo ante dos o tres testigos sobre los que quepan dudas.

Por eso, tal clausula me parece un sello de seguridad más. Y más porque esa clausula no niega el derecho del Santo Padre a crear cardenales en cualquier momento.

Los escritos de última hora, por ejemplo, ante un par de protonotarios apostólicos sí que son algo a tener en cuenta cuando se refiere a un futuro cónclave, pues son testigos "escogidos". Esos documentos, aunque haya seis o más testigos, dado que puede haber dudas acerca del estado mental del moribundo, suponen un cierto elemento de indeterminación. 

martes, junio 12, 2018

¿Dónde colocar la cátedra episcopal?


El lugar óptimo de la cátedra del obispo estaba en el centro del ábside de la basílica. Y mejor todavía cuando el plano del ábside estaba algo más elevado respecto al altar. Aunque, como ya expliqué con detención en mi libro La catedral de san Agustín los obispos no predicaban desde las cátedras, sino de pie junto al altar. Lo repito: de pie. O en una silla portátil cuando eran ancianos. Bueno, no voy a repetir el argumentario que sostiene estas afirmaciones, porque está todo en ese libro explicado. Pero lo cierto es que el lugar óptimo era ese: el centro del ábside.

Después, en tiempos posteriores, ya nunca se ha sabido dónde colocar la cátedra en el presbiterio. Nunca se ha logrado un lugar que satisficiera del todo. Al lado del altar, resta centralidad al ara. Además, visualmente, el presbiterio queda desequilibrado. Si se coloca delante del altar, es perfecto durante la liturgia de la palabra. Pero la cátedra no se puede poner y quitar como una silla cualquiera, y no se puede mantener allí durante la liturgia eucarística, porque ocultaría el altar.



Colocar la cátedra a un lado de la nave central tampoco es buena solución, ya que hay que pegar la sede a la pared. Con lo cual el obispo queda de lado respecto a los fieles.

Cuando la misa se escuchaba de pie, en las catedrales góticas se logró una buena solución: colocar la cátedra en el centro del coro. Pero era en la época en la que los coros estaban en el centro de la nave central.

La solución por la que optaron en algunos lugares, y me parece la menos mala, es colocar la cátedra detrás del altar, pero en un plano más elevado, entre el retablo y el altar. Pero todos ven ese lugar detrás del altar demasiado lejano de los fieles.

Una solución a esta complicada cuestión podría ser que el obispo presida y se siente en la cátedra detrás del altar, pero que predique de pie (o sentado en un asiento sencillo) delante del altar, como hace el papa en el presbiterio del Vaticano. Asiento que se coloca y se retira. Pero es cierto que la cátedra suele estar muy lejos de los fieles. En cualquier caso, este asunto no tiene solución fácil visualmente hablando. Yo, desde luego, no veo una solución perfecta que satisfaga a todos.

lunes, junio 11, 2018

Más sobre cátedras episcopales



Ya os expuse por mi predilección por las cátedras de piedra. Pero en una catedral moderna, en un presbiterio completamente blanco, resaltaría con fuerza una cátedra como la del trono neogótico de la Cámara de los lores. Este trono fue diseñado por un arquitecto católico muy religioso, Pugin.

Por supuesto que para una cátedra episcopal habría que hacer algunos cambios, pero el colorido de una sede de este estilo sería impactante en un entorno completamente blanco con asientos blancos a sus lados.

Una sede neogótica de este estilo (insisto, con algunos cambios) me parece pequeña de tamaño, lo cual evita lo teatral, la fanfarria hueca. Si yo os contara lo que he visto en campo de las cátedras… sobre todo en algunas del siglo XIX. Sobre todo cuando el artista (o el clérigo más bien) quería hacer un falso barroco o un mezcla ecléctica de propia invención.

Mientras que una sede con las líneas del trono de Pugin es muy elegante. Es muy difícil crear una sede (real o episcopal) con unas líneas con más clase. Esta sede es a los tronos lo que el Partenon en la arquitectura.

domingo, junio 10, 2018

Más cátedras, todas ellas italianas otra vez



























Siempre he pensado que la cátedra del obispo debe ser de piedra, símbolo de estabilidad. La cátedra de piedra no ofrece el mismo sentido de permanencia. Ahora bien, he visto algunas cátedras de madera muy bonita.


Pero incluso las cátedras neogóticas de madera (casi todas inglesas) no ofrecen la misma sacra simplicidad que las antiguas cátedras italianas cuyas fotos he ofrecido estos días.

sábado, junio 09, 2018

La belleza de la cátedra


Aunque ya puse fotos sobre este tema hace tiempo, no me resisto a que veáis varias bellísimas cátedras de obispos, son de iglesias italianas. Y, ya de paso, os ofrezco este sermón que, en su momento, no pude daros el link por un problema técnico:

Sermón 1538 El miedo a los maleficios





viernes, junio 08, 2018

El mediocre














Una de las últimas obras que dictó Bach ya ciego:


Cuando uno escucha esta música tras comulgar en la misa y se recoge en la acción de gracias, es cuando uno se da cuenta de que esta música se acopla como anillo al dedo a ese tipo de oración, a ese momento sublime. Yo, siendo seminarista, había escuchado a Bach en varias misas, pero no me di cuenta de que Bach estaba allí, precisamente porque se ajustaba tan perfectamente al momento que se volvía imperceptible.

Fue después, cuando escuché otras músicas, muchas otras músicas, cuando me di cuenta de que la música de órgano de Bach como esa no era otra música más, sino La Música.

Curiosamente, en 1722, cuando Bach solicitó el puesto de director en Leipzig, había cinco músicos como posibles candidatos. El consejo de la ciudad ofreció el puesto a dos de esos cinco. Pero declinaron la oferta. Bach obtuvo el puesto. Pero como comentó un miembro del consejo municipal: Ya que no podemos conseguir al mejor, tenemos que contentarnos con el mediocre.


jueves, junio 07, 2018

Cuatro citas para este día




















Primera cita: Como ya un periodista escribió, citando a Roger Stone: “To use Stone’s “awesome” rating of powers, pardon authority is... well... the awesomest”. (Pido perdón por ponerla en inglés, pero era intraducible.)

Segunda cita: Esta es del Cardinal Müller: «La homofobia es un invento, un instrumento de dominio totalitario sobre la mente de otros»

Tercera cita: De El paraíso perdido de John Milton, frase con la que concuerdo totalmente: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo”.

Cuarta cita: Atribuida a Winston Churchill, aunque ya no sabemos cuáles son de él realmente: “El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”.

miércoles, junio 06, 2018

La posibilidad de que un presidente se conceda un autoindulto: más reflexiones



Continúo el post de ayer. La constitución estadounidense no precisa que se inicie un largo proceso para añadir una enmienda. Basta con que el Tribunal Supremo declare con todas las formalidades legales que la interpretación del pardon requiere alteridad. Este tema es tan importante que debería haber una declaración del Congreso y otra del Senado apoyando tal declaración. Así cualquier presidente del futuro evitará la tentación de usar tal medida.

Pero, a la larga, la república debería plantearse si el mismo concepto de indulto no es una vulneración de la separación de poderes. El indulto es siempre un abuso. Lo que todo ciudadano requiere es un juicio justo. El juez ya debe tener en cuenta las circunstancias. Lo repito: todo indulto es un atentado contra la Justicia.

Si no se retira esa posibilidad, cabe una triquiñuela con el actual texto legal. Aunque el presidente no tenga la posibilidad de autoindultarse, sí que puede renunciar al cargo un día antes de que acabe su mandato, habiendo pactado que el vicepresidente le indulte de todo.

Lo mejor es quitar esa puerta trasera que los políticos dejaron abierta en todas las constituciones.

Una última cosa, Trump ha dicho: I have the absolute right to PARDON myself. Donald no sabe mucho de Derecho Constitucional. Si supiera el Derecho que sustenta sus poderes, sabría que el poder de un presidente, en una determinada materia, puede ser pleno e incluso total, pero nunca absoluto. En una república con un Estado de Derecho, nadie tiene un poder absoluto en ningún campo.

martes, junio 05, 2018

¿Un presidente puede indultarse a sí mismo?


Estimado Trump: De verdad que te estimo. Cuando faltes va a ser muy difícil reemplazarte. Lo del autoindulto me encanta. Cuando lo leí, me dije: “Esto es genuino Trump al 100%, Donald en estado puro”. Solo veo tres pequeños problemas sin demasiada importancia.

Primero: El perdón jurídico siempre es a otro. En toda la historia del Derecho Constitucional, nunca ha habido ningún legislador, ningún padre constitucional que haya planteado la posibilidad del propio perdón. Ya que todo culpable si pudiera autoindultarse a sí mismo, lo haría. Siempre y en todos los casos, a cualquier nivel, todo culpable lo haría.

Segundo: Precisamente, porque el punto primero ha sido universalmente aceptado como lógico e indudable, los padres fundadores de la Constitución de Estados Unidos establecieron el proceso de impeachment. Para, acabado este en su segunda fase, la del Senado, el presidente pudiera ser acusado ante un tribunal ordinario y dar cuentas ante la Ley. Si el punto primero no hubiera estado en la mente de los padres fundadores, la Constitución establecería el proceso de impeachment y establecería que allí acaba todo. Pero, precisamente porque el punto primero se daba por supuesto, tras la fase senatorial del proceso de impeachment comienza el proceso judicial de liability. Me ahorro aquí las largas disquisiciones jurídicas acerca de si se puede iniciar un proceso de impeachment sin ninguna base delictiva.

Tercero: Si el perdón legal no requiriese alteridad, si esto no hubiera sido aceptado así por los redactores de la Constitución, cualquier presidente podría realizar los mayores crímenes, los mayores robos, a sabiendas, de que después se podría otorgar el perdón pleno. Y más sabiendo que el proceso de impeachment lleva su tiempo. Con lo cual, nunca le va a coger por sorpresa.

Mañana seguiré con el tema del indulto presidencial. Hoy no deseaba hacer un post largo.