miércoles, noviembre 14, 2018

Éramos pocos y la abuela... ya se sabe












La Conferencia Episcopal de Estados Unidos iba a votar en los próximos días si se creaba una comisión para investigar las malas actuaciones de ciertos obispos en relación a los casos de abusos. Si se creaba, se iba a requerir a los obispos que se comprometieran a firmar unos estándares de comportamiento. Se ha dicho en la prensa que esa comisión iba a ser un ente independiente, completamente independiente.

El Vaticano se ha asustado con razón y ha pedido a los obispos de ese país que se posponga la votación. ¿Por qué? El juicio acerca de los obispos está en manos de la Santa Sede. Si ahora se crea un tribunal paralelo de laicos que juzgue a los obispos, es fácil entender que se va a producir un cambio en la tradición de la Iglesia. A partir de ahora, serían comisiones de laicos las que juzgarían a los pastores.

Se pueden añadir cláusulas acerca de que eso tendría que someterse al parecer del Vaticano, etc, etc. Pero, en la práctica, todos los obispos tendrían que someterse a esa comisión. Resulta impensable que un obispo se negara a colaborar con la comisión. Y a nadie se le escapa el escándalo que se produciría si una comisión declara culpable a un obispo y el Vaticano le declara inocente. Una nueva fuente de conflictos estaría servida. Por si fueran pocos los escándalos, uno más.

No sé en qué acabará este asunto. Pero yo me inclino a mantener la tradición de que los obispos sean juzgados por la Santa Sede. Si rompemos con la tradición de que los fieles no pueden juzgar canónicamente a sus padres espirituales, vamos a entrar en una dinámica cuya peligrosidad no se le escapa a nadie. Por supuesto que se puede decir que la comisión no juzgará a nadie, que solo investigará. Pero sus conclusiones serán, en la práctica, tan determinantes como un juicio.

Por supuesto que yo no me opongo de forma absoluta a la creación de una comisión de este tipo con los matices y reservas que la Santa Sede y la Conferencia Episcopal determinen. Pero hago notar que la solución no viene de la multiplicación de entes. Y menos todavía cuando ya existe una entidad encargada de investigar, recomendar y hasta juzgar a los obispos: la Santa Sede. Crear esa comisión independiente del Vaticano y de la Conferencia Episcopal sería una redundancia. 

¿Las cosas van a funcionar mejor por multiplicar los entes con las mismas funciones? No me opongo en absoluto, pero canónicamente no veo la conveniencia y sí los problemas que pueden derivar de la no sintonía entre los cuatro elementos afectados: el obispo concreto investigado, la Conferencia (que puede apoyarle), la comisión (que puede estar en contra) y la Santa Sede.

Por otra parte, los obispos de Estados Unidos ya hacen TODO lo que pueden para luchar contra los abusos sexuales. Los informes son claros. ¿Por qué ceder a la propaganda mediática y crear algo que todavía va a poder echar más madera a los hornos de la televisión?

Lo repito, no me opongo de forma absoluta a la creación de una comisión cuyo cometido canónico esté muy matizado. Pero la creación de esa comisión no es un acto que eclesiológicamente no tenga repercusiones. 

Por eso me parece muy bien que el Vaticano haya pedido que el tema no se vote ahora y que se le dé tiempo para estudiar la cuestión. Aunque ya se sabe que yo siempre estoy a favor del Vaticano.

martes, noviembre 13, 2018

Nunca más la guerra por ninguna razón



Macrón dijo ayer:
El patriotismo es exactamente lo contrario del nacionalismo. El nacionalismo es su traición.

Su discurso incidió más en este tema, pero se resume en estas dos frases. Si preguntamos a eclesiásticos y políticos acerca de estas afirmaciones de Macrón, escucharemos las previsibles frases en las que se nos dirá que sí y que no y todo lo contrario tratando de apaciguar ánimos. Sí, nos dejarán claro que lo importante es no ser extremista. Pero, al final, queda en pie la cuestión: ¿Esas dos frases son verdad o no? Sí o no.

Antes de dar mi respuesta, quiero referirme (después se verá por qué) a la condena que hace poco se hizo de la pena de muerte en el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Pero la pena de muerte es justa, es proporcionada, en ciertos casos? Sin duda. Sin ninguna duda, justa es. Lo que sucede es que debemos aspirar a ser mejores que los asesinos. Si estoy en contra de la pena de muerte no es porque sea injusta ni desproporcionada, sino por mis sentimientos de humanidad, por mi fe en Dios, Señor de la vida.

Pido a Dios que nunca jamás volvamos a matar por unir a la fuerza dos naciones. Nunca. Por muy buenas razones que esgriman los que digan que es necesario. En esto estamos todos de acuerdo.

Pero también, por la aversión que debemos sentir a provocar la muerte y el sufrimiento en nuestros semejantes, le pido a Dios que nunca se mate a nadie por mantener unida una nación. Yo no quiero que ninguna nación se divida. Ahora bien, ¿vale la pena el derramamiento de sangre por el hecho de que una frontera pase por aquí o por allí? Por supuesto que estamos hablando de casos en los que una clara mayoría ya no quiere seguir en un país. Este no sería el caso de que una minoría radical quiera arrancar por la fuerza un trozo de soberanía. Transigir con eso implicaría después tener que pagar un precio mayor, ya que la mayoría de la población quedaría secuestrada en lo que habría sido un acto de fuerza de una minoría. Mantener esa situación no se lograría sin la represión de la mayoría.

Pero lo normal es que la voluntad de secesión presione cuando la mayoría de la población está a favor de la independencia. ¿Es lícito, moralmente hablando, el uso de la fuerza en ese caso para mantener la unidad?

Por supuesto que muchos me dirán que por la unidad de un país vale la pena sacrificar la vida. En estricta justicia, sí. Se puede matar y morir por la unidad de una nación que ilegítimamente va a ser desgarrada. Ahora bien, si una clara mayoría de la población quiere separarse, entonces ¿el precio de miles de muertos vale la pena?

La invasión de Crimea fue un acto de fuerza. Pero yo de ningún modo aconsejaría el uso de la fuerza para retomar esa parte del país. Aconsejaría con todas mis fuerzas la paz. Creo Crimea es un buen ejemplo de lo que quiero decir.

Ahora volvamos a las frases de Macrón. ¿Son verdaderas? Sí. No dudemos de que si Barcelona quisiera independizarse de una Cataluña ya soberana, se apelaría al patriotismo del nuevo Estado para evitarlo. Esa secesión sería vista como una traición, podemos estar seguros de ello.

Imaginemos que el 51% vota a favor de la independencia de Cataluña. Los independentistas ahora apelan a que no es ilegítimo luchar por lograr esa independencia en la situación actual en la que están inscritos en el Estado Español. Luego si lograran la independencia, tampoco sería ilegítimo que el 49% un mes después, o un año después, o dos años después, hicieran campaña para un nuevo referéndum, esta vez a favor de la vuelta a España.

Cuando la mayoría es tan mínima, la opinión puede cambiar en dos meses. ¿Sería ilegítimo pedir otro referéndum? ¿Sería lógico cambiar de soberanía cada cuatro o siete años? ¿Se puede cambiar de soberanía cada pocos años? Cuando las mayorías son mínimas, la opinión pública puede cambiar de opinión en poco tiempo.

Pensar que un referéndum de marcha atrás no sería visto como una traición por los independentistas no es realista. Siempre unos van a ser unos traidores para los otros y viceversa. A nadie se le escapa la peligrosidad de esta situación. No es que sea fácil pasar de las palabras a la violencia, es que siempre hay minorías dispuestas a ello. Las hay a ambos lados de la Ley.

Las palabras de Macrón son duras, pero son verdaderas. Pero mientras nos ponemos de acuerdo, al menos, no recurramos nunca, ¡jamás!, a la violencia. Pero entonces viene un problema: ¿es violencia la represión policial? Unos entenderán que la prohibición de la violencia vale para el nacionalismo, pero también para el Estado.

En esa situación, llegaríamos a una situación en la que hay que dilucidar qué es violencia legítima y qué no lo es. No es algo que pueda quedar indeterminado. Por supuesto que nacionalistas y Estado jamás se pondrán de acuerdo. Y es un asunto del que depende todo el orden público. Llegadas las cosas a este punto, no hay otro remedio que dejar claro que el uso de la fuerza para el mantenimiento de la Ley no es violencia. Teniendo que llegar la represión al nivel adecuado a la fuerza de los transgresores de la Ley.

Puede parecer que me pongo de parte de un lado de la contienda. Pero es que, finalmente, todos tendríamos que ponernos de un lado o de otro en medio del desorden. No hay un terreno neutral en medio. No lo hay. No hay una isla beatífica en medio del orden y el desorden.

Algunos me dirán que un sacerdote no debe hablar de este tema. Pero este asunto es un asunto moral. Se puede plantear como una cuestión moral en una clase de una facultad de Teología. ¿Por el hecho de que haya dos bandos políticos (unionistas y secesionistas), vamos a callar que este es un asunto que en su misma esencia es moral?

No existe un derecho a la secesión. No existe tal derecho. No negaré la independencia a una región si tres cuartas partes de la población no quieren de ninguna manera seguir unidas a la nación. Pero no se lo negaré, para evitar males mayores; no porque sea un derecho.

En cualquier caso, que nunca un hijo de Dios mate a otro hijo de Dios por este asunto. Más vale una mala paz que una magnífica victoria. Y no soy de los que piensan que la paz haya de ser conseguida a cualquier precio. Pero si en una región el 75% de los habitantes quieren marcharse, que se marchen. Mucho mejor eso que un gran derramamiento de sangre. Esa es una de las lecciones que nos enseña el centenario del armisticio de la I Guerra Mundial. Pienso como pensaría un padre, no como pensaría un estadista, un Napoleón o un Julio César.

Pero si las cosas se ponen mal, si al final ocurre lo peor, si al final las pasiones se desatan en su peor manera, solo hay una postura lícita: la del orden, la de la Ley.

Los sacerdotes no podemos ser ambiguos acerca de esta cuestión moral. Porque la ambigüedad puede costar vidas.

lunes, noviembre 12, 2018

Los muertos de ambos bandos, de todos los bandos


Ayer se celebró la conmemoración del centenario del armisticio de la I Guerra Mundial. Me pareció muy correcta la ceremonia de Francia y me emocionó sinceramente ver tantos presidentes unidos por la causa de la paz. Qué lejos parece ahora el sinsentido de esa hecatombe.

Pero aprovecho la ocasión para decir que el monumento a los caídos que se levanta en el centro de Londres, el Cenotafio de Whitehall, me parece uno de los monumentos más bellos que he visto nunca. No es colosal, porque la grandeza no le añadiría nada; tiene unas dimensiones humanas. No está recargado, en su sobriedad es perfecto. Es de unas proporciones y líneas perfectas.

Su autor quería que las banderas estuvieran esculpidas en relieve en la superficie, no con banderas de tela. Le doy la razón. Esas banderas rompen el impacto visual de una obra perfecta. Son un añadido que no aporta nada.

La ceremonia londinense, más moderada. Me pareció más bonita. De nuevo se ve que el tamaño no aumenta la belleza ni de las obras de arte ni de las ceremonias, que son otra obra de arte.

En Londres estaba el clero en primera fila. Para los creyentes, esa presencia nos reconforta. Además, los capellanes ingleses, como siempre, iban espléndidos con sus indumentarias.

Macrón dijo unas palabras que sorprendieron a todos. Dijo que el nacionalismo es lo contrario al patriotismo, y que el nacionalismo es una traición. Sus palabras merecerán mañana, en este blog, un análisis más detenido.

domingo, noviembre 11, 2018

El Señor me ha salvado de la trampa del cazador


 

















Echando la vista atrás, me doy cuenta de que Dios me ha protegido de infinidad de peligros. Peligros que vienen de uno mismo, de otros y, finalmente, del mismo demonio directamente.

Dios protege a todos sus hijos. Pero, sin ninguna duda, tengo la certeza de la protección de la que he sido objeto. La soberbia, mis imprudencias, mi propio pecado hubieran bastado para corromperme, endurecerme frente a la obediencia, para cambiar mi carácter a peor, como primer paso a cambios más profundos. Dios me ha defendido de mí mismo.

Después está el demonio. ¿Qué cosas hubiera podido hacerme sin intermediarios de haberme faltado esa protección invisible? Solo Dios lo sabe. De esto poco puedo decir. Solo en el cielo lo sabremos.

Por último, queda la acción de los humanos. Hoy celebraré una misa en acción de gracias en un convento, con dos personas presentes, una misa lenta, meditando cada rito, cada plegaria, para agradecer que Dios me libra, que Dios me protege frente a las acciones de los malvados. Dios libra y (a veces) avisa. Dios protege mi vida. Sí, Dios avisa.

La espada de los malvados quería clavarse en mí, pero hoy seguiré viviendo, porque así me lo ha concedido Dios, a pesar de no merecerlo yo para nada. Dios es Todopoderoso y lo que quiere lo hace. Por eso hay que ir al que está sentado entre querubines. Porque si el Todopoderoso está contento, es in-di-fe-ren-te lo que hagan los inicuos. 

Ellos urden planes. Ellos preparan la espada. Pero basta un “no” del que está en el Trono, para que todo quede en nada. Qué poca fe tenemos los humanos: Dios, Dios y solo Dios.

sábado, noviembre 10, 2018

Castañas, aguacates, pomelos


Ayer tuve una muy provechosa conversación con un profesor de filosofía acerca de si en el sepulcro de Cristo estaba solo el cuerpo, o el cuerpo unido a la Divinidad. Esta segunda postura es mi opinión. Pero me gustaría contrastarla un poco más. 

Hoy he leído ciertas noticias acerca de cierta diócesis en Estados Unidos. Yo conocí a ese obispo hace años. Me dio pena ver cómo las cosas se han torcido y vuelto a torcer de un modo increíble. Aunque eran asuntos de administración y gobierno, no de los asuntos usuales. En cualquier caso, solo Dios conoce la verdad.

Al salir de la capellanía del hospital, he comprado unas ciruelas y unos aguacates. Esto tiene poco que ver con los temas anteriores. Los entusiastas de los universos paralelos podrían argumentar cómo esa visita a la frutería puede cambiar la Historia Universal.

No solo eso, esos entusiastas podrían crear una serie de acontecimientos por la que escoger ciruelas iba a provocar siglos de sufrimientos terribles durante siglos con gulags más allá de lo que hemos visto.  Mientras que escoger aguacates podía instaurar una edad de oro para las próximas dos generaciones.

Pero más allá de estos universos paralelos posibles, lo que está claro es lo que voy leyendo sobre Pablo VI en este mundo real en el libro de Luís Suárez. Yo creo que ningún papa lo ha pasado tan mal en el papado. Debió abrazarse a la muerte con todas sus fuerzas, como el que se abraza a su liberación. Todo lo contrario de Juan XXIII, solo Pío IX debió disfrutar tanto del puesto.

Pero es que es difícil que Pablo VI fuera feliz bajo la mitra con la que le coronaron. Era una mitra tan hobbrrible que no era posible estar como unas castañuelas bajo ese artefacto. Basta ver esa mitra para darse cuenta de que el papa estaba mal informado. 

jueves, noviembre 08, 2018

Que carita



Pocas cosas son tan bonitas como un bebé sonriendo. A todos nos salen del corazón los mejores sentimientos. Los gatos y los perros me encantan, pero nada es comparable a la felicidad de un niño. Nunca he entendido por qué los partidos de izquierda se han ligado a la defensa del aborto. No hay ninguna conexión entre la defensa de los más pobres y tomar partido por la debatida cuestión de si niño en el vientre de su madre es un ser humano. 93.000 fueron abortados durante 2016 en España. Por lo menos, tendrían que reconocer que es un asunto debatido. Al menos, eso.

En realidad, fueron 93.131 los niños abortados. Y os aseguro que para esos 131 seres humanos todo cambió. Para alguien que no conocemos tuvo mucha importancia que fueran 131 y no 132.

Recuerdo a un político de Izquierda Unida, que en televisión protestaba acerca de eso, que él nunca había entendido por qué ser de izquierdas implicaba estar a favor del aborto.

Pero no discutas de esto con una feminista, te dirán que eres un fascista. Si estás en contra de alguna cosa que digan las feministas radicales, eres un fascista. No sé, yo no acuso de fascista a todo el que no está de acuerdo conmigo.

Lo peor es tener en casa a la mesa, durante la cena, a la derecha a un vegetariano radical (que te dará la monserga en cada plato) y a una feminista radical a la izquierda (que te reñirá todo el rato por cualquier comentario). Acabarás diciendo: "Dejadme comer la verdura y el verduro en paz".

Más sermones


Aquí os pongo más sermones sobre la Virgen maría de los que ya os había puesto la primera vez:

Y aquí os pongo más sermones de todos los temas:
Sermón 1613
Los comienzos del monasticismo

Sermón 1614
La regla de san Pacomio

Sermón 1615
La Sabiduría ha construido su casa

Sermón 1616
El yo confieso de la misa

Sermón 1617
¿La mujer debe estar sometida al hombre en el matrimonio?

Sermón 1618
Los escándalos sobre la pedofilia, I parte

Sermón 1619
Los escándalos sobre la pedofilia, II parte

Sermón 1620
El martirio de san Juan Bautista, año 2018

Sermón 1621
La Iglesia como una casa

Sermón 1622
Las vírgenes prudentes y las necias, I parte

Sermón 1623
Las vírgenes prudentes y las necias, II parte


Sermón 1624
La Virgen María en las parábolas

Sermón 1625


Sermón 1626
Sondear el espíritu de Dios en la vida monástica, II parte

Sermón 1627
Los cambios en la Iglesia

Sermón 1628
Las uniones ilegítimas

Sermón 1629
La Virgen María en el Evangelio

Sermón 1630
El apóstol san Mateo, año 2018

Sermón 1631
Fiesta de la recepción de los estigmas de san Francisco

Sermón 1632
Dios es Señor no solo del cielo, también de la tierra

Sermón 1633
La apertura del Arca de la Alianza

Sermón 1634
El apóstol es el que lava los pies del comensal

Sermón 1635
El candelabro y las lámparas

Sermón 1636
El corazón del rey

Sermón 1637
Las palabras de Dios no tienen error alguno

Sermón 1638
La caridad

Sermón 1639
¿Quién dice la gente que soy Yo?

Sermón 1640
Cristología, I parte

Sermón 1641
Cristología, II parte

Sermón 1642
Cristología, III parte

Sermón 1643
Cristología, IV parte


Sermón 1644
Solemnidad de san Francisco, año 2018

Sermón 1645
Las misericordias del Señor

Sermón 1646
El matrimonio, I parte

Sermón 1647
El matrimonio, II parte

Sermón 1648
El matrimonio, III parte

Sermón 1649
¿A quién le pertenece Tierra Santa?

Sermón 1650
Perdona nuestras deudas

Sermón 1651
El peligro de la ambigüedad en la Teología, I parte

Sermón 1652
El peligro de la ambigüedad en la Teología, II parte

Sermón 1653
Fiesta de Santa Teresa de Jesús, año 2018

Sermón 1654
Revivir el bautismo

Sermón 1655
Los cuatro evangelios son como cuatro ríos

Sermón 1656
Cuidado con la levadura de los fariseos

Sermón 1657
Solemnidad de Santa Úrsula, año 2018

Sermón 1658
No llevéis nada para el camino

miércoles, noviembre 07, 2018

La Peste Negra en los años 60 y 70




















Estoy acabando de leer el libro de Luis Suárez, en la parte que trata sobre la Iglesia en los años 60 y 70. Me ha hecho mucha gracia este párrafo:

Los obispos se quejaban de que durante meses se había estado proyectando en los cines españoles La semilla del diablo —se trataba del escalofriante film de Roman Polanski, Rosemary's baby, en el que se equiparaba el nacimiento del Hijo de Dios al del hijo del diablo—, una película cuya exhibición se había prohibido en Inglaterra.

Me ha provocado una sonrisa, porque esa película hoy día la ven sin ningún temor hasta los niños de ocho años y, en esa época, horrorizaba a todos, obispos incluidos.

Resulta apasionante ver con un detalle, diríamos forense, describir el proceso por el que el laicismo, el marxismo y lo erótico se introdujeron en una sociedad totalmente cristiana. Y lo digo con toda claridad, bien alto y claro, esa infiltración solo fue posible porque dentro de las fortísimas murallas se introdujo un caballo de Troya: el clero formado en Roma.

El clero español en esa época se formó en más lugares, pero sobre todo en Roma. Y en unas universidades que, hasta hacía bien poco, habían sido lugares de cultivo de la ciencia sagrada, lugares recorridos por frailes sabios y hasta santos, ahora la herejía fermentaba sin control, purulenta, rabiosa. Los frutos en Latinoamérica con su apoyo a las guerrillas dejan bien claro que no estoy exagerando para nada. Las secularizaciones masivas, millares, son un número bien objetivo que indican la magnitud que tuvo ese problema.

En esa etapa en que el Reino de Dios contuvo en su interior una lucha impresionante por su misma supervivencia, una y otra vez, otra y otra vez, se ve cómo las personas que tuvieron la autoridad en la Iglesia no estuvieron a la altura de las circunstancias. Los obispos tradicionales que iban perdiendo la mayoría ante los nuevos nombramientos sí que fueron inocentes, pero no se sentían respaldados por las congregaciones romanas cuando llegaba la hora tomar medidas con los clérigos más problemáticos.

Don Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid, tuvo que ver con en el segundo consistorio (desde que estaba en la sede de la capital) eran nombrados cardenales los arzobispos de Toledo y aun Pamplona, pero a él se le dejaba fuera por no sumarse a las directrices extraoficiales que le venían de Roma. Moriría sin ser cardenal.

Ciertamente, la fortaleza católica que era España hubiera acabado cayendo. Era imposible parar el tsunami que inundaba todo Occidente. Pero todo se aceleró con ese caballo de Troya. Ayer vi un documental de la Televisión de Aragón. Se hizo un estudio y el 66% de los cargos políticos de los partidos procedían del seminario. No, no estoy exagerando.

En fin, una época de destrucción triste y desoladora.