domingo, junio 30, 2019

Obispos, últimas sugerencias



Décimo cuarto. Una sería la figura del presidente de la Conferencia Episcopal, encargado de coordinar las funciones generales de la Iglesia en un país, y otra figura, muy distinta, sería la del primado, encargado de los arzobispos. 

Por supuesto, el primado estaría exento de toda jurisdicción sobre ellos. Solo poseería autoridad personal y el encargo de hacerles notar los defectos, los aspectos mejorables. Ni los arzobispos tendrán jurisdicción sobre los obispos sufragáneos, ni el primado sobre los arzobispos. Las quejas respecto al primado pasarán al nuncio.

Por supuesto que siempre cualquier fiel podrá recurrir, desde el primer momento, al nuncio sin seguir este sistema. Pero lo propuesto desea dotar de cercanía al sistema para detectar problemas y que siempre haya alguien que tenga el deber de revisar los verdaderos o falsos problemas.

Décimo quinto. Seguirán existiendo obispos auxiliares. Pero considero que cuando alguien es nombrado para ser pastor de una diócesis, lo lógico es que esté en ese encargo veinte años. En el sistema que propongo, el obispo auxiliar o pasa a ser obispo residencial para ejercer durante ese largo periodo de tiempo, o si no es mejor que se enraíce en la diócesis en la que esté ejerciendo como obispo auxiliar. En este sistema, muchos de los obispos auxiliares deberán acceder a esa dignidad con la mentalidad no de que sea un puesto de paso, sino una vocación específica.

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Aquí acabo esta serie de cosas que me rondaban por la cabeza y que quería compartirlas para escuchar vuestras opiniones. Sin que tenga nada que ver y, solo como curiosidad, el Código de Derecho Canónico da algunas normas que para los laicos pueden resultar interesantes:

No debe ausentarse de su diócesis los días de Navidad, Semana Santa y Resurrección del Señor, Pentecostés y Corpus Christi, a no ser por una causa grave y urgente (canon 395 § 3).

El obispo no hace la visita pastoral de las casas sujetas a derecho pontificio.

El obispo no puede ausentarse un mes de su diócesis, salvo en los casos ya establecidos por el Derecho Canónico.

388 § 1.    Una vez tomada posesión de la diócesis, el Obispo diocesano debe aplicar por el pueblo que le está encomendado la Misa de todos los domingos y otras fiestas de precepto en su región.

 § 2.    Los días indicados en el § 1, el Obispo debe personalmente celebrar y aplicar la Misa por el pueblo; y si no puede celebrarla por impedimento legítimo, la aplicará esos mismos días por medio de otro, u otros días personalmente.


Post Data: Después de tanto hablar sobre los obispos, sería un buen momento para hablar de mi madre. Aunque mi madre (siempre terca) me haga tanto caso como los obispos.

En algunas cuestiones, tengo más posibilidades que la Iglesia acepte parte de estas sugerencias que el que mi madre dé su brazo a torcer en varias cuestiones domésticas.

Reformas episcopales: sugerencias y más sugerencias



Sigue el post de ayer acerca de las medidas que sugeriría de reforma del episcopado.

Noveno. Se fomentará que los laicos y el clero se pongan en contacto con el arzobispo dando su opinión sobre problemas eclesiales diocesanos. Por supuesto que esto se gestionará a través de un delegado. De manera que el arzobispo tenga una idea precisa de las diócesis sufragáneas y pudiera hablar de esos problemas con esos obispos. Esta será una tarea propia del arzobispo, no una actividad opcional, sino parte de su misión. De manera que no sea lo mismo ser arzobispo que obispo.

Décimo. Las quejas nunca podrán ser anónimas. Se presentarán personalmente al delegado. Y el arzobispo mantendrá oculto el nombre. El arzobispo podrá delegar en alguien la investigación de la verdad que haya detrás de esas quejas.

Undécimo. Este sistema nada tiene que ver con el sistema actual de las congregaciones romanas o de la Signatura. En esta última, el tenor es judicial. Mientras que este sistema que propongo se mantendrá dentro del tenor de la caridad fraternal. Apelar a un tercero para que dialogue. Ofrecer un camino alternativo a los actuales (más formales) para la solución de los problemas internos.

Duodécimo. Si hace falta se reconfigurará la calificación de las sedes arzobispales para que no haya pequeñas sedes arzobispales sin obispos sufragáneos. La medida ideal es que cada arzobispo tenga siete obispos sufragáneos. A la hora de reorganizar el mapa de las provincias eclesiásticas, se tendrá en cuenta, ante todo la proporción numérica, y no las divisiones políticas entre provincias. Porque lo principal del arzobispo en esta reforma será ejercer como arzobispo. Es decir, hablar fraternalmente de lo que él considera que son las deficiencias de ese obispo. Lo importante no serán las divisiones regionales sino el poder ejercer esa función.

Décimo tercero. Los arzobispos escogerán a un primado entre ellos. El primado ejercerá con ellos la función que el arzobispo ejerce con sus obispos sufragáneos. Seguirá existiendo (de un modo honorífico) una sede primada en cada país. Pero el primado podrá ser obispo en cualquier sede o incluso estar jubilado. Lo lógico es que se escoja entre los arzobispos, pero tendrán libertad para escoger a quien lo deseen.

sábado, junio 29, 2019

Reformas episcopales y arzobispales



Me gustaría escuchar vuestra opinión (y sugerencias) sobre un asunto que llevo pensando desde hace tiempo. Algo escribí sobre el tema, pero ahora –lo digo en serio– me gustaría escucharos. Lo voy a exponer de forma casi telegráfica, dejando a un lado el apoyo de razonamientos. Numero los párrafos para facilitaros vuestra labor de comentar.

Primero. Cada obispo sería nombrado con una edad que rondaría entre los 45 y 50 años. No antes, porque debe presidir sobre presbíteros (ancianos).

Segundo. No después, porque debe ser un padre que se asiente en el puesto. Esta edad sería una norma general, pudiendo haber excepciones, por supuesto. Pero de manera ordinaria se evitaría nombrar obispos ya ancianos, porque el obispo debe asentarse, echar raíces, estar mucho tiempo. Nombrarlo a los 50 años, implica que va a estar solo 25 años de obispo.

Tércero. Un obispo sería nombrado para una diócesis y sabría que va a estar en esa diócesis para siempre. No habría traslados a otras diócesis. El oficio de obispo requiere una total exclusividad, un dedicarse por entero y para siempre a ese rebaño. Se tardan más de cinco años en conocer bien a todo el clero y a los pueblos de la diócesis. No tiene sentido cambiar a ese obispo justo cuando conoce ya bien a su rebaño.

Cuarto. De manera que el obispo sabe que se va a ese rebaño y solo a eso. Las actividades de la Conferencia Episcopal se delegarán a presbíteros, diáconos y laicos. Restringiendo los desplazamientos de obispos al mínimo necesario a lo que, realmente, sea muy importante. Delegar debe ser la consigna.

Quinto. El arzobispo ejercerá las funciones que ya he explicado en mi libro Colegio de pontífices. Cuando muera un arzobispo se escogerá, de entre los obispos de esa nación, al que se vea más digno, más venerable, más sabio y santo para ocupar esa sede.

Sexto. Lo lógico es que un arzobispo esté en esa sede arzobispal un mínimo de quince años. De manera que la provisión de esas sedes vacantes debe tener en cuenta ese hecho. Y, por lo tanto, un obispo llegaría a una sede arzobispal tras 10 o 15 años de ejercicio del episcopado.

Séptimo. Los obispos al llegar a los 75 años seguirán en el puesto, con el mismo título, presidiendo las celebraciones, pero el gobierno de la diócesis quedará, enteramente, en manos del obispo coadjutor. La figura del obispo anciano será similar a la de un padre que se ha convertido en abuelo y que deja los asuntos en manos de su hijo primogénito. Pudiéndose dedicar a presidir fiestas patronales, a predicar, a recibir a sacerdotes que quieran pedirle su consejo, a la catedral. Las diócesis necesitan esta figura del abuelo.

Octavo. El obispo anciano ya no será emérito, pero sí jubilado. Me gusta la figura del obispo-abuelo u obispo-patriarca, y la del obispo-hijo u obispo-primogénito. Por supuesto esta figura del obispo anciano podrá retirarse si lo desea a otro lugar. Hay que dejar de ver al obispo jubilado como un posible estorbo, para considerarlo como una benéfica ayuda para el nuevo obispo.

jueves, junio 27, 2019

El celibato: más consideraciones



Ahora quiero dar otro enfoque a la cuestión de ayer. Me resulta llamativo que en tantas diócesis haya una tan grande resistencia episcopal a crear un cuerpo de laicos que puedan hacer liturgias de la Palabra allí donde no hay un párroco.

En cierta diócesis que visité del continente americano, cada sacerdote, los domingos, celebraba unas cinco misas. Me imagino que los sábados por la tarde debían ser tres, pero no lo pregunté. Resulta claro que no tiene sentido que el sacerdote se mate a celebrar misas, cuando el remedio de laicos que organicen una celebración de la Palabra (con comunión) es perfectamente lícito. Esa resistencia no es un caso aislado.

¿La razón esgrimida? No podemos protestantizar la Iglesia. No podemos abrirnos a la modernidad de manera que desnaturalicemos la catolicidad. Si abrimos la puerta...

Por supuesto que esas razones no me convencen para nada. Precisamente la Iglesia antigua desarrolló todo un escalafón de órdenes menores. Una modernización que consista en volver a los orígenes nunca puede ser un desastre. Puede hacerse de forma más o menos acertada, pero nunca será una traición.

Cierto que si se abre la puerta a esa novedad va a haber problemas. ¿Pero no es mayor problema dejar que una población, de hecho, se marchite sin sacerdote? El que el sacerdote venga, celebre misa y se marche (porque tiene otra misa) no es, realmente, atender esa población.

Y si desarrollamos todo ese cuerpo de evangelizadores laicos, ¿alguno de ellos no se podría preparar para recibir el sacramento del orden? ¿Es preferible que presida la liturgia una monja y ella administre el sacramento a que lo haga un “anciano”, aunque esté casado, bien formado teológicamente, virtuoso y que lleva evangelizando durante diez o quince años?

Como veis, tan superficial me parece pensar que la introducción de sacerdotes casados va a arreglarlo todo, como negarse en redondo.

El gran problema de toda esta fraternal discusión no son los poblados aislados de Brasil, sino la muy peculiar situación de Centroeuropa. Allí es donde está el verdadero temor a tomar cualquier decisión que implique una mayor identificación entre el mundo y la Iglesia. O, dicho de otro modo, el temor a que las iglesias de ese entorno geográfico acaben pensando totalmente como el mundo, es decir con los valores imperantes en los temas tan debatidos hoy en día.

Hasta ahora, el clero célibe, el clero que reza, ha sido un dique frente a esa ola de lo políticamente correcto que lo invade todo. Si el mismo clero se laiciza, es de esperar que opere un cambio muy grande en la mentalidad de esas comunidades católicas. Alguien me dirá que no tiene por qué. Pero es un hecho que el clero célibe y orante ha sido hasta ahora un dique frente a las pretensiones modernizadoras de un gran sector de los laicos.

Como veis, no es un asunto fácil. Para hacer que sea más difícil, todavía más, tomar una decisión, es un hecho que en los países con poco clero es donde apenas se ha desarrollado el diaconado permanente. Curiosamente, se ha desarrollado muchísimo en los países con más clero.

Sí, el tema no es fácil. Yo mismo, os confieso, me mantengo en una posición de en medio en esta discusión. Y no lo hago por quedar bien con todos, o por no implicarme. Realmente, en conciencia, veo razones a favor y en contra. Lo que sí que tengo claro es que acepto y aceptaré lo que ha determinado la Iglesia y lo que pueda determinar en el futuro. Amén.

miércoles, junio 26, 2019

El celibato: solo algunas consideraciones



Hubo presbíteros y obispos casados en la Iglesia Antigua. Pero para aquellos que piensen que las iglesias del Imperio Romano de Occidente y las del Imperio de Oriente eran un faro de espiritualidad y constituían una edad dorada de la Iglesia, les recomendaría que leyesen mis posts sobre Gregorio de Nacianzo. Ahora estoy dando unos sermones (todavía no puestos) sobre Cirilo de Jerusalén. San Cirilo fue un hombre muy santo, no lo dudo, pero también una fuente de problemas. En los iconos queda genial, pero su episcopado está repleto de decisiones digamos que “controvertidas”.

Lejos de ser una época dorada, esa fue una época siempre agitada por conflictos internos, por grandes rivalidades eclesiásticas. Entre los obispos, había un impresionante “mal rollo”. Resulta sorprendente la muchísima ambición que existía por lograr los puestos eclesiásticos. Y las disputas se solucionaban no solo con palabras, sino también con piedras y palos. Es una época que es de todo, menos pacífica.

Los cristianos del siglo IV y V verían nuestra época como una era de paz eclesial. Las cuestiones de fe ahora están más claras. El campo de lo civil y de lo religioso se muestran mucho más delimitados. Los párrocos ahora están mucho mejor formados que los presbíteros de entonces.

Imaginaos un presbítero del siglo IV o V de un pueblo de trescientos habitantes en Libia, vestido como el resto de sus feligreses. Con cuatro hijos, una docena de gallinas y unos huertos que cultiva como el resto de las personas con las que convive. La misa solo es dominical. Pero se rezan salmos al caer el sol en la pequeña construcción rectangular con techo de vigas de madera. Una construcción donde no caben todos los habitantes. En una población de ese tamaño, tendría una edificación donde cupieran apretados algo menos de una tercera parte. Su formación teológica resulta exigua.

A media hora de caminata, hay otro presbítero de una ciudad de mil quinientos habitantes, mucho mejor vestido, más refinado. Su mujer también viste mejor. Él dispone de más dinero. Se nota que vive mejor. (Véase, por ejemplo, el presbítero que aparece en Los Diálogos que le hace la vida imposible a san Benito.) El presbítero de la ciudad busca que sus hijos prosperen en la vida. Por supuesto, no quiere ni oír hablar de que otro clérigo se establezca en la ciudad. Además, ya ha decidido que su primogénito le sucederá y le prepara para eso. Como ya tiene cierta edad, ve al obispo una vez al año. Hace un viaje hasta la sede episcopal para saludarle y llevarle algunos regalos y una donación.

Y visita a un obispo que también tiene su familia y sus negocios, que se marcha de viaje durante varios días (sin poder comunicarse con él), que promueve a sus familiares... Cuando escribí mi libro La catedral de san Agustín me sorprendió la cantidad de veces que, en el norte de África, se escogía para suceder a un obispo a un comerciante rico o a un terrateniente. Y que se escogía a gente rica por razones meramente de interés material para la diócesis. No todos eran o monjes o laicos ricos, también había clérigos de la curia episcopal que pasaban a tener muchos partidarios.

No siempre había facciones detrás de cada candidato, facciones dispuestas a presionar mucho. La historia de los clérigos de esa época era una mezcla de espiritualidad y asuntos mundanos, de ascetismo y ambición. Había de todo. Pero el clero de nuestra época de ningún modo es peor que el de entonces. Y los obispos son mucho mejores globalmente considerados.

El que los clérigos pasaran a ser hombres totalmente consagrados a Dios; dedicados solo al culto, la predicación y la caridad fue un claro avance. Recibieron vestiduras que mostraban su consagración, se tonsuraron, comenzaron a tener un tenor de vida dedicado solo al Reino de Dios, se obligaron a rezar las horas canónicas. Fruto de esto, la obediencia pasó a ser algo mucho más importante. El obispo pudo cambiarles de destino con libertad.

Ojo, solo he querido señalar estos aspectos históricos en la discusión. También podría hablar de los aspectos positivos. Incluso podría hablar de los aspectos positivos que ese sistema tuvo en su época. Ciertamente los hubo.

Pero hay una consideración del párroco como, digámoslo así, monje en el mundo. No se me escapa a mí mismo lo incorrecto de esta calificación, pero algo de eso hay. Y hay otra consideración del párroco como rabino al modo judío. ¿Es el párroco un monje dedicado a la oración y la lectura de la Biblia, que, además, cuida de sus fieles? ¿O es un rabino que dirige el lugar de oración y todo lo que se ramifica desde allí: caridad, etc.?

¿Es una persona totalmente consagrada, un nuevo levita? ¿O es un hermano entre los hermanos que dirige la casa de oración y se encarga de lo ritual? Por favor, no quiero hacer de menos la segunda opción. Soy consciente de que lo segundo es una simplificación, como lo del párroco-monje también lo era.

Lo de hoy ha sido un primer acercamiento, acercamiento negativo. Mañana seguiré aproximándome a la cuestión desde otros ángulos.

domingo, junio 16, 2019

¿Cómo traducir la Biblia?



Me gustaría extenderme un poco en el tema de ayer que me parece muy interesante. No me opongo de forma radical a que haya biblias populares, es decir, traducciones en las que los versículos difíciles hayan sido traducidos no literalmente, sino según el sentido.

Pero si se hace una traducción según el sentido hay que hacerla bien. Traducir según el sentido implica rigor, implica una voluntad férrea de ser muy fiel. Hay una fidelidad y un rigor filológico tanto en la traducción ad litteram como en la traducción ad sensum.

Yo, desde luego, prefiero las versiones literales. La Biblia fue escrita para personas sencillas, no solo para los ilustrados. Fue el alimento de pastores hebreos, de agricultores.

Así que soy de la opinión de que, incluso los hijos sencillos de la Iglesia, prefieren asomarse al texto verdadero (que es el literal) que no a una versión interpretada. Así que no me opongo radicalmente a las traducciones populares, pero prefiero totalmente las versiones literales para todos los públicos. Hasta la persona de pocas letras suele valorar el sabor hebreo de un texto. Hasta el hombre que no tiene estudios suele preferir enfrentarse al enigma del texto por sí mismo.

La literalidad no plantea problemas (y se le pueden poner todas las notas a pie de texto que se desee), pero la traducción ad sensum es un pozo del que es difícil salir. ¿Traducimos que hay que perdonar “70 veces 7”, o que hay que perdonar “siempre”? Algunos traductores piensan que la gente común es muy tonta.

Imaginemos, ejemplo hipotético, que alguien decide hacer una traducción gitana de la Biblia que, en realidad, sea una simplificación. El propósito puede ser el de acercar a ellos la Palabra. Pero, sin ninguna duda, ellos prefieren la Palabra en toda su pureza. No tengo la menor duda de que el pueblo gitano dará la espalda al que lo trata como a niños, y se acercará al que lo trata con seriedad.