domingo, noviembre 19, 2017

Pequeños momentos de felicidad


La foto no tiene ningún sentido y, realmente, no sé que hace aquí. El otro día estuve con dos amigos: a mi dentista y a un guardia civil. En realidad, había quedado a comer con mi amigo el de los servicios de seguridad del Estado. Pero a la 1.30 me llama mi dentista y me dice que se viene a comer a mi casa.

-¿¡A mi casa!?

-Sí, ¿no te acuerdas que me dijiste que un día me harías un plato de pasta?

Me di cuenta de que ese día había llegado. En casa no tenía nada. Puedo ser un artista gastronómico, pero necesito materiales. Lo que pasa es que mi dentista no cejaba en su empeño. Al final, le dije:

-Está bien. Te aseguro que tendrás un plato de pasta.

Me puse manos a la obra. Lo primero era fregar: y os aseguro que había mucho que fregar. Pero después, sí, me salió un plato de pasta muy sabroso. Hice un sofrito a fuego lento de casi una hora de coles de Bruselas. Muchas especias, queso fundido. Finalmente lo sofreí todo junto con vino blanco. Todos se chuparon los dedos. O, por lo menos, yo creí ver eso.


Pero lo mejor fue la larga sobremesa con un café y unos buñuelos rellenos de crema. El tiempo pareció detenerse. Estábamos tan relajados, la conversación era tan agradable, el sillón tan blando. Todo era perfecto. Qué placidez.

viernes, noviembre 17, 2017

¡Hoy no hablaré de Amoris Laetitia!


Bien, dado que hasta a mi dentista le ha hecho reír el episodio que conté ayer, os cuento otro muy gracioso que me sucedió hace poco. Estaba yo en un ascensor del hospital. Un ascensor grande, lleno de enfermeras. Todos vamos en silencio. Suena en el bolsillo de mi bata mi busca.

-No, no soy el doctor Alarcón.

Cuelgo. Se habían confundido. Al momento, vuelvo a ponerme mi busca en el oído (pero sin apretar ningún botón) y le digo a la enfermera con tono serio:

-Sí, soy el doctor Alarcón. Ahora mismo voy. Pero, de momento, póngale una lavativa al paciente.


Dentro del ascensor fue imposible hablar nada. Sólo reíamos y reíamos a carcajadas mientras íbamos repartiendo enfermeras por las distintas plantas. 

jueves, noviembre 16, 2017

Cosas graciosas que me han pasado en la vida


Le he dejado a Bruno Moreno mi teléfono por si quiere llamarme para charlar sobre la discusión teológica que hemos tenido sobre Amoris Laetitia. Me imagino que se habrá sorprendido de que haya dejado mi teléfono en una sección de comentarios, pero mi teléfono siempre ha sido público. Desde siempre he seguido la política de que el que quiera hablar me llame, sea quien sea. Cuando en el obispado me han preguntado a quién deben dar mi teléfono, siempre les he dicho que se lo den a todo el mundo.

Eso tiene sus inconvenientes. Hace más de diez años, una mañana recibí una llamada en un tono muy extraño. El hombre que estaba al otro lado del aparato me hablaba, pero yo no entendía nada. Mi interlocutor colgó al cabo de quince o veinte segundos.

Al cabo de media hora, volví a recibir otra llamada. De nuevo no entendía nada este otro individuo. Y se repetía ese tono de voz que no era nada normal, era como misterioso. También él colgó al cabo de medio minuto, sin que yo pudiera hacerme idea de qué pretendía.

En la tercera llamada, el otro, en vez de colgar, sí que accedió a responder a mi curiosidad. Resulta que alguien había colocado mi número de teléfono en una página de contactos con la foto de un sujeto sin cara, pero repleto de músculos que, evidentemente, no era yo. Durante la mañana recibí un buen número de llamadas y ninguna de ellas por motivos religiosos.

Mire la foto. Al ver los abdominales no necesité ir al espejo para ver si eran los míos. Tal vez los tenga así y estén sepultados bajo la grasa. Tampoco recuerdo tener esos pectorales. Es más, recuerdo no haberlos tenido nunca así. 

Quizá debería haber accedido al encuentro en cada llamada, concertando una sola hora, para reunirlos a todos y así rezar el rosario todos juntos.

Advertencia final: No me hago responsable si algún apóstol del rosario lleva a cabo este tipo de “modo de apostolado”.

Monahli-sa








La voz de un monstruo





































































Hace poco tiempo hemos podido conocer cuál era el tono normal de Hitler cuando hablaba. Siempre le habíamos escuchado en discursos, pero no conocíamos su voz cuando estaba en una conversación normal. Pero una vez fue grabado charlando con el comandante en jefe de las fuerzas de Filandia:


Es muy interesante la grabación, porque Hitler no sabía que estaba siendo grabado. Me ha sorprendido comprobar que su voz no era tan aguda ni chillona como yo pensaba. De ningún modo me esperaba una voz tan grave ni tan bien impostada. Tampoco me esperaba que su tono fuera tan normal. Eso sí, es un monólogo de doce minutos: cara demostración de lo que él considera que es un diálogo.

Hitler era malo. Pero, a diferencia de lo que aparece en todas las películas, no siempre andaba chillando. Por lo menos, no todo el día. Ni tampoco andaba con ojos de loco en todo momento. Conclusión: hay algunas películas que no son del todo fieles a la Historia.
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Y ahora la sección habitual de Amoris Laetitia.

Cierto comentarista llamado Jorge Javier escribía ayer:

No entiendo porque tanta discusión. Las Sagradas Escrituras lo dicen claro: El que repudia a su mujer, y se casa con otra, comete adulterio. ¿Qué más hay que agregar?

Quizá tal vez sea porque Jesús añadió una pequeña clausula sin importancia: A no ser en caso de impureza sexual. Ya vemos que Jesús empieza por agregar algo.

Me imagino que podemos considerar que también agregó algo cuando que después añadió: Lo que desatares en la tierra

Las Sagradas Escrituras también añaden el llamado privilegio paulino. Eso sin contar con que las Sagradas Escrituras también mandaban lapidar a la mujer adúltera. Querido Jorge, eso también lo decían las Escrituras y muy claro. Pero Jesús agregó algo.

Dirás que Cristo sí que tenía autoridad para hacerlo. El petit probleme es que es Él mismo el que otorga, como ya hemos dicho, el poder de atar y desatar.


Pues sí, Jorge, pues sí, creo que hay algo más que agregar. Y, de hecho, así lo ha hecho el sucesor de Pedro con el consentimiento de la mayor parte de los sucesores de los Apóstoles.

martes, noviembre 14, 2017

No hay más


Estoy buscando hasta debajo de las alfombras a ver si me he dejado alguna sotana por comentar. Todos me han pedido más posts sobre la Historia de mis sotanas, pero lo siento: éste era un campo sobre el (y lo sabíais) no podía seguir escribiendo de forma indefinida.

Me han pedido que pusiera nombre a las sotanas. Eso lo pensé y me parece razonable y de gran valor histórico:
         -las dos sotanas primitivas
            -la sotana del sastre inicuo
            -la sotana-alba para el verano (producciones sra. de la parroquia)
            -la sotana tipo Roma-cara-calurosa
            -la sotana tipo Trastevere-barata
            -la sotana carmelita

Réplicas y contraréplicas al lado de Amoris Laetitia


He leído la réplica de Bruno Moreno a mi escrito acerca de Amoris Laetitia, también he leído el artículo de Nestor Martínez sobre mis posturas teológicas. Creo que no tiene sentido que me enzarce aquí, ahora, en una defensa de los puntos, uno por uno, que he sostenido. Siento que es más provechoso levantar la vista y dar por mi parte un mensaje de acuse de recibo.

Sostengo profundamente la existencia de la verdad, con minúscula. Por tanto, rechazo toda forma de relativismo. Porque creo en la verdad, creo en todos y cada uno de los artículos del Depositum Fidei.

Sostengo, siempre y en todo caso, que el adulterio es un mal. Pero recordemos que la diferencia, a veces, entre lo que es adulterio y lo que no lo es radica en una sentencia de un tribunal eclesiástico. Radica en la sentencia de tres hombres, sobre los cuales el Magisterio no me obliga a pensar que descanse sobre ellos ningún carisma de infalibilidad, ni siquiera uno pequeñito. No sólo eso, basta un informe de un psicólogo que esté equivocado, para provocar un juicio erróneo de la situación.

El adulterio siempre es un pecado. Pero tengo plena fe en la autoridad de la Iglesia, cuando se produce una sentencia. La sentencia puede estar errada, pero el cónyuge no se equivoca si se somete en conciencia a esa sentencia. Podría, pero no quiero ahora, sacar todas las conclusiones teológicas de lo que acabo de decir. Pero habría que ser muy corto de luces para no sacar todas las conclusiones.

Más que desplegar esas conclusiones, por otra parte evidentes, me interesa mucho más profundizar en la cuestión del cambio de paradigma teológico. Un tema realmente apasionante. Aunque no será hoy cuando escriba sobre ello.

Pero sí que quiero decir que, nos demos cuenta o no nos demos cuenta, nuestra fe se mueve en el seno de ciertos esquemas mentales y teológicos. No importa si eres una campesina de la región de Moscú (Podmoskovie) del siglo XVI o si eres un dominico holandés de 1970, lo quieras o no, te mueves, piensas, sientes, dentro de esa arquitectura teológica que configura una verdadera mentalidad. La fe es la misma. Pero en la misma fe crece Torquemada y Häring. Todos estamos muy convencidos de que nuestra defensa de la fe es la defensa pura, sin aditamentos, de esos dogmas inmarcesibles. Pero no conocemos nuestros prejuicios. Somos todos más inflexibles de lo que nos parece. También yo. El relativismo, por el otro extremo, no es la solución.

¿Qué significa ser fiel? Gran tarea la de determinar con milimétrica precisión dónde empieza y dónde acaba el Depósito de la Fe. La precisión del teólogo para delimitar milimétricamente la línea donde acaba el dogma. En mi tesis doctoral éste fue un tema que me vi obligado a abordar con mucha extensión, por algunas de las hipótesis que yo planteé.

¿Qué significa ser fiel? ¡Qué impresionante es la labor de la Congregación para la Doctrina de la Fe! Con razón, con toda razón, ese edificio podría tener la apariencia de una fortaleza con varias murallas. Pero a condición de que los hombres que allí trabajan se repitieran cada cierto tiempo que nadie, tampoco ellos, puede librarse de la existencia de esa mochila de prejuicios. De ahí, que sólo se puede condenar lo que de ningún modo no puede más que ser condenado. Ay si se usara la autoridad que descansa en esa casa para ir más allá, para condenar lo que Cristo no querría condenar. Nunca insistiremos suficientemente en la responsabilidad de esa tarea celestial.


Algunos comentaristas de blogs, fieles al rigor de una mentalidad que tiene semejanzas con la jansenista, condenan y condenan. Con dureza, porque son duros. Ellos dicen que se ven obligados, pero no es así. Allá vosotros. A mí me juzgará el Dios de Amoris Laetitia, no la figura todopoderosa que imaginan algunos amantes de la tradición que creen que el número de los salvos es muy reducido.

A mí no me juzgará ni Galat ni Lefevbre. A mí me juzgará un Padre que siento reflejado en los escritos de san Francisco de Asís o en los del Papa Francisco.

lunes, noviembre 13, 2017

Historia de mis sotanas (suplemento final)


Os confieso que, aunque aquí ponga fotos de don Camilo, cuando vi alguna de sus películas en mi infancia y juventud, me aburrieron profundamente. Las he valorado siendo ya sacerdote. En su momento, sólo me producían tedio.

Pero menos mal que todavía no existían las series de santos de la RAI, viendo ese producto de la serie B por antonomasia podría haber apagado cualquier rescoldo de vocación.

El caso es que el domingo, al salir de la misa de 7:00, me han pedido que alargue un poco más mi Historia de mis sotanas. Nadie me dijo ni una palabra de mis dos sermones sobre la Jerusalén Celestial que me han llevado tanto tiempo preparar: nada, ni una palabra. Tantos desvelos para que, al final, sólo les interese lo de las sotanas. Muy bien, muy bien, reconozco que tiene su interés tanto para el ateo como para canónigo, tanto para el cura progresista como para el laico seguidor de Galat.

Bueno, sí, en mi vida, lo reconozco, hubo dos sotanas más: las blancas. Las hubo y las hay. Con tanto viaje por latitudes tropicales, acabé haciéndome una sotana blanca. Era la sotana del tipo Trastevere-200 euros. Como la misma sotana en color negro ya me había dado buen resultado, era una apuesta segura. La que me lo vendió, me comentó que el comprador anterior de ese tipo de sotana había sido un sacerdote de la India. Era, según ella, un hábito talar fresquísimo y cómodo. Y no me mintió.

Eso sí, todavía tengo fresco en la memoria (en un viaje a El Salvador) que me vino a buscar al aeropuerto un señor en una camioneta y alguien había dejado algo manchado de grasa de coche sobre mi asiento. Cuando me levanté, descubrí que una gran mancha negra estaba en mi espalda. En esos momentos, cuánto me alegro de no estar provisto de poderes dictatoriales: hubiera flagelado yo mismo al conductor.

Con los años, le pedí una ancianísima monja clarisa que hiciese en color blanco y algodón la sotana que he llevado en los dos últimos años. Si la otra sotana blanca era cómoda, ésta ya fue el summum. Es que ni me enteraba de que llevaba sotana. Qué cosa tan cómoda.

Cuando estaba en el seminario, si hubiera pensado en el tema, que no lo hice, habría imaginado que tendría dos sotanas toda la vida. Dos por si tenía que lavar una. Pero que las iría remendando, año tras año, hasta mi jubilación. No se me pasó por la cabeza que yo engordaría. Ciertamente eso y que sería calvo son dos cosas que ni se me pasaron por la cabeza. Tampoco pensé que mi sotana se decoloraría. Y tintarlas significaba estropear las camisas blancas que llevo debajo. Recuerdo que tras la lluvia me saqué la sotana y pensé si me habría metido una sepia debajo de mis ropas.

Tampoco pensé que llegaría un día que no tendría ni un solo sastre de sotanas a mi alrededor. Tampoco pensé que me dedicaría al tema de los demonios. Hay tantas cosas que no pensé. 


El caso es que ahora, a mis casi 50 años, echo la mirada atrás y me doy cuenta de que he tenido más sotanas que esposas tuvo Salomón. Pero, ahora sí, ya he llegado al punto perfecto y ya no deseo más.

domingo, noviembre 12, 2017

Historia de mis sotanas (cuarta parte)


Hoy llegamos al final de esta larga historia. Le pedí a las carmelitas de mi ciudad que me hicieran una sotana de algodón 100%, amplia, con mangas anchas. La religiosa me repitió 80 veces que no se hacía responsable de lo que saliera, que era la primera sotana que hacía en la vida, que no le iba a salir bien y todo eso. Yo le iba respondiendo: Sí, sí, tranquila, tranquila, bien, bien, sí, sí

La sotana fue un éxito completo, un éxito redondo, rotundo. Qué comodidad, qué tacto tan agradable, qué fresca era. Me ha estado sirviendo de forma fiel durante dos años. Pero la próxima que me haga ya no será de algodón y sólo de algodón: el color se deteriora. Eso hizo que sólo durara dos años. Dos años de llevarla diariamente y bajo el sol del verano, bastante ha durado, no me quejo.

Ya he comprado la tela para la siguiente. En Ribes & Casals me aseguraron que esta tela seguirá tan negra como ahora como al final. La tendera me ha asegurado que su negritud está completamente garantizada. Es de triacetato. Me ha dicho que es una fibra natural que la extraen de la madera.

Lo más gracioso es que había quedado a comer con dos dentistas. Así que allí estaban los dentistas y el cura discutiendo acerca de las bondades y desventajas de la lana frente al algodón con fibra, o este último frente al triacetato. ¿No te parece que este negro es menos negro que éste? ¿No te parece que esta tela hace demasiados brillos?

Yo era amigo de la dentista, el otro era compañero de promoción. Cuando llegara a casa y le preguntara su mujer qué había hecho, le contestaría: “He acompañado a un cura a escoger la tela para su sotana”.

¿¡Queé¡?, exclamaría. Es lo último que piensas que tu marido ha podido hacer durante la mañana.

Historia de mis sotanas (tercera parte)


Toda historia de mis sotanas se entiende mejor si tiene en cuenta un detalle. Hasta los años 70, había varios sastres que conocían muy bien el oficio y te podían asesorar. Pero cuando en el año 2002, más o menos, me vi en la necesidad de buscar una sotana más fresca, me sentí totalmente desasistido. El único sastre que quedaba en Madrid se había jubilado.

Daré otro dato que ilumina esa situación: cuando yo me ordené, en mi diócesis sólo había cuatro sacerdotes que llevaban sotana. Don Manuel (del hospitalillo), don Valentín (en Torrejón), don Francisco (el notario) y don Felipe Taravillo (de Loeches). Cuatro sacerdotes no daban para mantener en funcionamiento un sastre. Pero unos años después, de esos cuatro sólo quedaba uno.

O sea, que lo de las pruebas con señoras de la parroquia no era tacañería ni afán de novedad, sino pura necesidad. Bien es cierto que mucho después me enteré que había uno en Toledo. Pero entonces no lo sabía.

Lo cierto es que para esas alturas yo ya me iba a Roma a hacer el doctorado. Me fui con varios propósitos. Uno de ellos era que, nada más llegar a Roma, me compraría una sotana y esa sería la que llevaría. Visité varios comercios y escogí la que me pareció mejor: aunque debo decir que todas me parecieron iguales y todas tenían el mismo precio.

Lo único que le insistí al señor que me atendió era que me vendiera la más fresca. Me aseguró que me vendía la más fresca que había en Roma y en parte de la Cristiandad. Pero no. Era imposible ir todo el día enfundado en esa sotana. Hago notar que estábamos en agosto y en mitad de una ola de calor que parece ser que no era normal.

Yo iba con la idea de mortificarme, de ofrecer al Señor todo ese calor, la penitencia… pero aquello fue imposible. No era cuestión de resistir. Sencillamente, era imposible.

Afortunadamente, en octubre, encontré un comercio muy humilde en el Trastévere que fue mi salvación. Costaba la mitad de precio que las otras y sí, por fin, ¡por fin!, era una sotana de tela que se podía llevar. Tenía más algodón y no tenía entretelas. Llevé esa sotana sin interrupción durante los cuatro años en Roma y los tres siguientes. Pero ninguna alegría es permanente. Toda felicidad en la tierra es perecedera. Desgraciadamente, siete años después, la sotana cada vez era más gris que negra. No sólo eso, en algunos trozos era más negra y en otros más gris. Hubo que ir haciéndose a la idea de que ninguna sotana dura para siempre. Ninguna.

Traté de aferrarme a esa sotana con todas mis fuerzas. Consulté en tintorerías. Ya no tintaban ropa. Traté de tintarla yo mismo. Pero cada vez que la lavaba volvía a perder el color. Dos veces que comenzó a llover, me encontré con que me fui al convento con una sotana negra y regresé a casa con una sotana gris y la camisa blanca de debajo con grandes manchas negras.


Y así llegué a la última sotana, la que me hicieron las carmelitas. Pero esa historia la contaré mañana, fiesta de san Nilo y san Josafat. Un día óptimo para acabar esta historia.

viernes, noviembre 10, 2017

Historia de mis sotanas (segunda parte)


Las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Así que le pedí a una señora de la parroquia que tomara el patrón de un alba y le pusiera un cuello de sotana. Voy a pasar por alto una serie de experimentos previos de los que prefiero no hacer memoria. Yo no tenía ni idea de costura y se me ocurrieron algunas ideas peregrinas. Cuando uno no tiene ni idea, los resultados son previsibles.

Esos monstruos de tela se los regalé a la parroquia de Santa Trinitá dei Pelegrini de Roma, para que los emplearan con acólitos si un día no tenían suficientes sotanas. Quiero dejar claro que el párroco los miró extendidos y me agradeció mucho el regalo. Muy necesitado debía de estar.

Como decía, la sotana hecha con un patrón de alba, pero con cuello de sotana ya fue un claro avance hacia la meta correcta. La nueva sotana era fresca, amplia y cómoda. Hubiera sido la solución perfecta, sino hubiera sido porque todo el mundo que tenía confianza me decía que parecía una toga de juez. Allí descubrí que lo que valía perfectamente para un alba, no valía para una sotana. Perseveré con ese “hábito talar” no poco tiempo. Pero cuando me miraba al espejo reconocía que tenían razón. Una conclusión clara que saqué de este episodio de mi vida es que cuando todo el mundo está de acuerdo en algo suelen tener razón. Por más que digan que la verdad no es una cuestión de votos, esto suele ser así.

Para más inri, dada la vida feliz que llevaba, dadas las muchas alegrías que me deparaba la vida parroquia, yo había engordado. Resultado: las dos primeras sotanas ya no me cabían. Vamos, que no me cabían de ninguna manera. A veces me preguntaba cómo llegué a caber en esas prendas. ¿Mi cuello era tan delgado? Es que no me cabían ni los brazos. Durante un tiempo, llegué a pensar que quizá tenía más músculo. Pero si era un músculo, desde luego era un músculo blando. Sabía que esa foto de Juan XXIII en mi sacristía era una mala influencia. Pero poner una pintura de Pío XII no arregló por sí sola la situación.

Y la situación era que las dos primeras sotanas ya no me cabían, la del sastre inepto nunca me pudo caber y la cuarta sotana parecía una toga. Era una sotana parroquial (hecha por una señora de buena voluntad), no se le podía pedir mucho.

Hice un quinto intento. La misma señora de la parroquia. Tuvo que descoser una de las sotanas primitivas. Pero, total, ya no entraba en ella. De perdidos al río. Esta sotana la llevé muy poco: era un potro de tortura. Tenía mil fallos. Estrecha por la espalda, no podía levantar los brazos del todo, la tela era pura fibra, hubo que ensanchar el cuello y poner un gancho en el extremo para cerrarlo con una presilla. Operación ésta dificilísima, realmente ardua. La señora me aseguró que con el tiempo lograría hacerlo sin necesitar tanto tiempo.

A estas alturas llegué a una conclusión, una conclusión que se caía por su propio peso, una conclusión que era evidente: cuando fuera a Roma (iba a ir a hacer el doctorado) me compraría una sotana. Ya estaba harto de soluciones de señoras jubiladas. ¡Hacer una sotana no era lo mismo que coser un mantel para el altar de la iglesia! Cuántos experimentos, cuántas incomodidades, para llegar a esa conclusión.


Y así llegamos a la sotana romana, pero ésa es una historia que contaré mañana que es la fiesta de san Martín de Tours.

jueves, noviembre 09, 2017

Historia de mis sotanas (primera parte)


Cuando estaba yo en mi primer año de pastoral (yo estaba recién salido del cascarón del seminario), fui a que me hicieran una sotana. Me dijo el formador del seminario que en Pamplona había dos sastres. Toqué el timbre de aquél al que me dijo que iba él. No os podéis imaginar la emoción, la novedad, la alegría de entrar en aquella sastrería situada en un piso del casco viejo. ¡Había llegado el día! Recuerdo perfectamente partes de la conversación mientras me tomaba medidas o me mostraba telas. Creo que cada sotana me costó 50.000 pesetas.

Aquellas dos sotanas estaban muy bien hechas, fueron muy resistentes y ejercieron su función durante años. Pero, cuando fui nombrado para mi segunda parroquia, me di cuenta de que era imposible estar en una iglesia moderna de ladrillo y tejado metálico con esas sotanas. Mi primera iglesia había sido un templo antiguo del siglo XVII, fresco incluso en verano. Pero esta segunda iglesia en verano era literalmente una sauna. Incluso en mangas de camisa, al mediodía en julio, el calor estaba al borde de lo resistible por cualquier ser humano.

Fui al sastre de Madrid, el de la Mutual del Clero, el que había allá por el año 2001, más o menos, un hombre entrado en años. Y le pedí que me hiciera una sotana amplia hecha con el material más fresco posible. Me aseguró que dentro de esa sotana estaría fresco como en Siberia. Eso sí, la sotana no estaría lista hasta pasado medio año.

Aquel viejo pícaro siempre tenía lista de espera que iba de medio año (en el mejor de los casos) a nueve meses. Siempre era así, como había comprobado años antes, cuando le pregunté cuanto tardaría en coser una sotana.

La razón de esa espera era que aquel sastre de ningún modo quería enseñar a nadie a hacer sotanas. El modo de mantener el monopolio en Madrid era no tener ningún ayudante que pudiera aprender el oficio e independizarse. Él trabajaba en la Mutual del Clero, en sus mismos locales. ¿Cómo ser permitía esa situación? Muy sencillo, los que tenían que tomar las decisiones sobre aquél sastre, evidentemente, no debían tener que esperar nueve meses. Ésta es una corruptela de hace casi un cuarto de siglo, así que ahora la puedo contar.

Esta vez me sometí a la espera, muy a mi pesar, pero me sometí. Cuando me probé la sotana, no me di cuenta de que la tela para nada era fresca, tenía en su composición muchísima fibra. Segundo, el alzacuellos no entraba en el cuello. El sastre me dijo que eso no tenía ninguna importancia, que le pusiera un poco la plancha y estirara, y que ya vería como se ensanchaba.

Eso era falso, totalmente falso. Por supuesto que había medido mi cuello nueve meses antes, pero no tardaría en descubrir qué había pasado. Lo siguiente que noté es que no podía realizar determinados movimientos. La sotana había sido hecha para alguien más pequeño que yo y reutilizada para mí.

Fui con mi sotana a quejarme, cuando llegué descubrí que el sastre se había jubilado. Aquel hombre astuto, efectivamente, había reutilizado una de las últimas sotanas que alguien no recogió y me la había encasquetado, a sabiendas de que él se marchaba ya.

Cuando llegué le expliqué a su sustituto, un chico joven, que la sotana no la podía utilizar por la razón que he explicado. Pero el nuevo sastre me dijo que, claro, que él no tenía la culpa y que aquella sotana requería rehacerla de nuevo entera.

Tenía razón. Encima, sea dicho de paso, el nuevo sastre era un desastre total. Debió ponerlo el anterior dándole unas pocas lecciones, justo antes de marcharse y con el deseo de que todos añoráramos al anciano sastre.

Se corrió la voz y yo mismo lo comprobé. Le encargué un trabajo muy pequeño, un pecherín para llevar con americana negra, cuando llevaba clergyman. Y cuándo le pregunté cómo se sacaba el alzacuellos, me respondió laconicamente:

-No, va pegado con pegamento.

Con perplejidad, pregunté:

-¿Y cómo se lava entonces?

Se quedó sorprendido. No se le había ocurrido que habría que lavarlo.

Con mucha paciencia, le expliqué cómo eran los pecherines clericales. Le di tiempo para que lo hiciera, todo el que me pidió. Le llamé, por fin me dijo que ya estaba hecho.

-Paso el jueves -le dije.

Cuando fui esa semana, me dijo sin ningún embarazo, con suma brevedad:

-Ha venido un sacerdote esta mañana, le ha gustado y se lo he vendido.

-¡Pero si yo he venido desde Alcalá de Henares sólo para recoger esto!

Se quedó en silencio. No mostraba la menor pena, todo he de decirlo. Me despedí de él. No me he vuelto a acordar de este sastre hasta el día de hoy que escribo este post.

No tengo ni idea de qué fue de ese sastre. Pero por todo el clero de Madrid, Alcalá y Getafe se corrió la alarma roja costurera. Lo hizo tan bien ese sastre que dos o tres sastres, no de la Mutual, se animaron a hacer sotanas en los siguientes años.

Me hubiera gustado ver por un agujero los pardillos que cayeron en sus manos y los berrinches que debió haber en esos locales. Aquello era el lejano año 2001, cuando todavía reinaba en América Bush I y el euro sustituyó a las pesetas.


Seguirá mañana.

El cántico de Simón

Tengo un amigo catalán de ascendencia judía. Él es cristiano, aunque (como es lógico) se siente orgulloso de sus raíces. A él van dedicadas estas imágenes de san Simeón, el anciano que recibió la profecía de que no moriría sin ver al Mesías. 

La Historia de todo un pueblo se condensa en ese momento sublime en que él, en nombre de todo el pueblo, lo toma en brazos en el Templo. ¿Qué emoción debió sentir en ese momento? Para mí, la última pintura es la que refleja mejor el modo en que se sintió embargado por los sentimientos de que la espera había llegado a su fin.

Y entonces exclamó:

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
























martes, noviembre 07, 2017

Hoy un post para canonistas, esa laudable raza eclesiástica




















Padre tengo una duda:

En cuanto a la excomunión al señor Galat, él se ha escudado en que el código de derecho canónico dice que un obispo que sostiene una herejía queda automáticamente excomulgado, y que un excomulgado no puede excomulgar a nadie. Por tanto, como los obispos que lo excomulgaron a él han dicho herejías, entonces Galat no está excomulgado. ¿Es esto cierto?
Sigo pidiendo por el milagro de que Galat deje su terquedad.
Gracias padre, Dios lo bendiga.
firmado X

Estimado señor:

Mientras el obispo donde Galat tiene la residencia no le excomulgue, ese anciano no está excomulgado. Sus errores y su llamamiento al cisma son indudables. Pero la autoridad de los obispos ha preferido llamarle al arrepentimiento, mejor que expulsarle formalmente de la comunión de la Iglesia. Pero Galat de hecho ya está fuera de la comunión de la Iglesia.
Ahora bien, ese argumento que esgrime Galat es contradictorio.

-Todo hereje que ha habido en la Historia ha creído defender la ortodoxia.
 -Todo hereje que ha sido excomulgado por la autoridad eclesiástica alegaría que esa autoridad eclesiástica no tiene jurisdicción sobre él por estar excomulgada, ya que defiende algo distinto de lo que afirma el hereje excomulgado.

El argumento de Galat, tantas veces repetido, es indefendible. Si Galat tuviera razón, ningún hereje se consideraría excomulgado.

Un cordial saludo.
Padre Fortea


Quiero añadir una cosa más para los canonistas que leen este blog, pues aquí entran hippies y canonistas. Siempre me ha parecido que el canon 194 es peligroso. El canon (acortándolo) dice así:

Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: (…) quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia.

Yo, humildemente, sugeriría que se cambiase. Pues, en el caso de alguien que se aparte públicamente de la fe, podría dar lugar a dudas acerca de a partir de cuándo ese apartamiento público provocó actos inválidos: por ejemplo, nombramientos u otros actos administrativos.

Desde la época en que estudié la licenciatura en Derecho Canónico, llegué a la conclusión de que las censuras latae sententiae fueron creadas con buena intención (la de evitar el pecado), pero rara vez cumplen esa función. Si la cumplen es como excepción; la experiencia así lo demuestra. Y, por el contrario, sí que suponen un obstáculo para obtener el perdón de la confesión.

No logran más que rarísimamente evitar el pecado y sí que son un verdadero obstáculo psicológico a la hora de obtener el perdón: confío en que se debata no ya el hecho de cuáles deben ser los delitos con esa pena, sino si es conveniente que exista esa misma pena latae sententiae.

Además, las censuras son una fuerte (casi dramática) llamada de atención para la comunidad. La existencia de una cierta abundancia de excomuniones automáticas crea justo el efecto contrario: acostumbrar a los fieles a ellas.
Encima, para acabar de arreglar el asunto, salvo cuatro supuestos, son de carácter bastante técnico y con múltiples pequeños detalles que hay que tener en cuenta para que tengan efecto. Eso provoca que la mayoría de los confesores no se conozca esa lista. Y, realmente, es una lista llena de vericuetos.


Es preferible que todo quede en la calificación moral de pecado sin enzarzarse en cuestiones que para nada ayudan a la persona que comete esos pecados. Es más sencillo que si la autoridad considera que debe excomulgar a alguien lo excomulgue de forma pública y ya está, sin más laberintos.

Dos hipótesis para la interpretación de las pinturas de la Iglesia de Alaiza


Hace dos días, El País se hizo eco de las pinturas de una iglesia de Álava que son un gran misterio. Los frescos son del siglo XIII o XIV. Cubriendo todo el ábside de esta pequeña iglesia de la localidad de Alaiza hay un programa iconográfico que resulta incomprensible por qué está allí, ¡en el ábside!

¿En qué cabeza medieval cabe colocar unas pinturas extrañísimas que representan un castillo siendo atacado en el centro de ese lugar? Ninguna referencia a Dios ni a Cristo ni a los santos. Sólo infinidad de figuras que representan a caballeros y soldados. He dicho, además, pinturas extrañísimas, porque ese estilo no lo había visto nunca. Algunos autores hablan del “gótico lineal”, pero el gótico lineal es muy distinto. Esa obra es verdaderamente única en su especie. Lo más parecido lo he visto en las pinturas murales del Castillo de Alcañiz, pero incluso ésas son muy distintas.

Las teorías que he escuchado no me convencen. Algunos han mencionado que pueden ser fruto de una secta. ¿Pero qué secta no coloca ni a Dios ni a Jesucristo en el centro?

Le he dado vueltas al asunto me gustaría ofrecer mi opinión. No soy historiador del arte, pero a estas alturas de mi vida he visto suficiente gótico como para poder exponer mi opinión con la seguridad de que soy razonable. Y después de haber leído lo que he podido sobre esta iglesia y estas pinturas y no haber encontrado a nadie que hablara de ninguna de las dos hipótesis que voy a explicar es por lo que me atrevo a decir algo.

Sea dicho de paso, me siento muy contento de mi artículo sobre la Puerta del Filarete del Vaticano. En fin, retornemos a Alaiza.

Hay que partir del hecho de que jamás en una iglesia, en el ábside, se colocaría una escena profana. Eso no es posible. Partiendo de ese axioma, tengo dos como las posibilidades más realistas.

Primera posibilidad, la Hipótesis del aprendiz que practica:
El aprendiz pintó la parte de la bóveda y paredes adyacentes al ábside. Se ve en esa mano un artista que está comenzando, inexperto. Hay más de improvisación personal que de copia de patrones previos. Por eso, se le permitió sólo ornamentar esas partes menos nobles. Dejando el ábside para una mano experta, que haría, mejor o peor, algo parecido a lo que hemos visto en tantos pueblos pequeños.

Pero bien el patrono o el maestro que le acompañaba le permitió seguir practicando en el ábside. La técnica del fresco no se puede practicar sobre un pergamino, hay que experimentar la técnica sobre cal en una pared. El patrono tal vez le dejó que practicara allí, a sabiendas de que todo iba a ser cubierto de un fresco normal.

Pintó en el ábside precisamente, porque ésa iba a ser la superficie que iba a ser cubierta sin duda. Ese espacio se convirtió en su cuaderno de borradores. Experimentó, pintó lo que le pareció.

Finalmente, allí acabó habiendo un retablo. Quién sabe si precedido de un tríptico no conservado.

A favor de esta hipótesis del aprendiz que ensaya y practica, está el hecho de que los elementos son inconexos en su temática y no mantienen un orden geométrico. Lo usual hubiera sido dividir ese espacio en tres campos lineales. Cualquier cosa, menos ir añadiendo elementos sin más, uno al lado del otro. Esa división en campos, sí que está en los muros. Lo que favorece la idea de que empezó por ahí, porque ése era el encargo, y lo otro fue una explosión creativa sin programa.

Sin programa, salvo el hecho de tener claro que el castillo iba en el centro. Después, sin ninguna duda, por cuestiones de medidas se ve que añadió los caballeros de la base de la pintura. Por último, ya sin seguir ningún equilibrio de medidas siguió añadiendo elementos y más elementos encima.

Segunda posibilidad, la Hipótesis de cambio de finalidad de ese espacio.
Ese ábside tal vez fue construido como obra eclesiástica. Sea ello así o no, lo cierto es que al final se decidió que continuar el resto de la construcción como salón profano de un señor temporal. Hay varios elementos arquitectónicos esenciales a la fábrica de ese edificio que apuntan ligeramente hacia esa posibilidad.

Se decidió colocar una decoración profana. Algo que le fuera querido al noble: un asedio en el que había participado. Pero, al final, con el pasar del tiempo, el edificio acabó siendo consagrado como iglesia. Las pinturas lineales estaban allí, pero se decidió cubrirlas con cal y tal vez colocar un tríptico.


domingo, noviembre 05, 2017

Los comentaristas


Estimados amigos:

Por favor, no penséis que el hecho de dejar en los comentarios insultos y groserías se debe a que me da lo mismo. No puedo leer los comentarios más allá de una vez al día, y aun así sólo una parte de ellos.

Si borro los insultos, la persona que los puso puede entrar varias veces al día y volverlos a pegar. Evidentemente, yo no puedo dedicar tanto tiempo.

La única posibilidad es la de la moderación previa. Pero entonces ya no habría diálogo entre comentaristas: los comentarios aparecerían una sola vez al día, al final del día. Se acabarían diálogos que en el pasado y en el presente han sido muy interesantes. Además, la moderación previa supone tener que leer todos los comentarios, cosa que no puedo hacer.

Así que os pido que recéis por aquellas personas que nos muestran cómo es su espíritu o su mente.

Este problema se acabaría si Google hubiera habilitado en Blogspot la opción de bloqueo de ciertos usuarios. Pero para tener más visitas en su plataforma, optó por no dar esa posibilidad. Lo hizo a sabiendas de lo que eso significaba. Ésa no ha sido la única decisión oscura de Google en los últimos años.

Lo repito, no me da lo mismo que algunas personas con problemas mentales o malas insulten a los demás y a mí mismo, pero o los ignoramos o ya no habría sección de comentarios. Y, de verdad, que me gusta ver lo que me decís, aunque no pueda leer más que una parte de los comentarios. Cada día miro con interés vuestros comentarios como un verdadero diálogo: diálogo conmigo y entre vosotros.

Oremos por aquellos que necesitan de nuestras oraciones. Dios los ha puesto en nuestro camino.

Un saludo a todos.