jueves, abril 02, 2015

Una sugerencia de reforma de la liturgia del Jueves Santo en las catedrales


Después de darle muchas muchas vueltas al tema de cómo se podría reformar la celebración de la Cena del Señor el Jueves Santo, creo haber encontrado una idea que me satisface. Por supuesto que todo esto son ideas. Sólo la Congregación para el Culto Divino puede modificar lo que está mandado. Yo doy ideas, pero soy el primero en obedecer hasta la más pequeña rúbrica del misal. Pero como no está prohibido dar ideas, las doy.

Lo que tengo claro es que una misa tan especial como la del Jueves Santo debería tener elementos específicos que la hicieran única. No conviene que sea una misa como la de cualquier día a la que se le ha añadido el lavatorio.

La liturgia que propongo sólo se podría hacer en las catedrales. En el resto de iglesias, las cosas seguirían como ahora. En los grandes templos, en los que haya doce presbíteros, el obispo podrá dar permiso para celebrar esta liturgia.

El obispo y doce presbíteros llegarán al coro de canónigos de la catedral y allí tendrá lugar la liturgia de la Palabra. El obispo y los doce presbíteros (o algunos de ellos) irán revestidos con capas pluviales. El resto del clero irá con alba y estola o traje coral.

Acabado el sermón, se desplazarían al lugar donde se habrá colocado una amplia mesa cubierta con un mantel blanco. En algún lugar del recorrido entre el coro y esa mesa, tendrá lugar el lavatorio. Puede realizarse en alguna capilla de la catedral.

Para el lavatorio, los doce se despojarán de todas las vestiduras quedándose sólo con el alba y el cíngulo. Incluso el obispo ni siquiera llevará el pectoral o el solideo. Dos diáconos le ayudarán con la palangana y la jofaina.
Acabado el lavatorio irán a la mesa de la Última Cena. La mesa, situada sobre un estrado, estará colocada en otra capilla, la cual representa el cenáculo. Parte de la gente cabrá en la capilla, parte la seguirá desde fuera.
La mesa será de la altura normal de una mesa y estará cubierta por un mantel blanco.El obispo se sienta a la mesa vestido con el alba, únicamente lo mismo que los doce presbíteros. El obispo no llevará ni estola ni cruz pectoral ni anillo ni solideo. En torno a la mesa, sólo estarán los doce y el obispo. El resto del clero podrá colocarse más abajo y más lejos, formando una corona en torno a esa mesa, pero claramente separados.

Después de la consagración, hará un pausa, pero no hace una genuflexión porque está sentado, lo mismo que los doce. Al llegar al canon, pero antes de la doxología, él y seis presbíteros bajan del estrado y mirando hacia el altar son ayudados a colocarse todas sus vestiduras litúrgicas. Con sus vestiduras, se situan frente a la mesa. Después los otros seis presbíteros bajan y se revisten con la estola y las casullas. Así las especies no quedan solas en ningún momento sobre la mesa.

El obispo y un diácono, ambos con paño humeral, toman la patena y el cáliz y se dirigen al altar mayor de la catedral. Sobre el altar, recita la doxología sin quitarse el paño humeral. La doxología la recita antes de dejar las especies sobre el altar, pero colocando esas especies sobre el altar. Si en la mesa, los trece han estado sentados de cara al Pueblo; en la doxología, los trece están de pie de espaldas al Pueblo. En la primera parte se resalta la idea de cena; en la segunda parte, la idea sacrificial.

La liturgia proxigue como en cualquier otra misa.

Esta liturgia resaltaría la idea de ir (ascender) al cenáculo. Digo ascender porque los Apóstoles subieron al monte Sión donde está Jerusalén para la Última Cena. En la catedral, se ascendería al presbiterio de alguna capilla. Esa capilla no sólo refuerza la imagen de lugar físico del cenáculo y de la cena, sino que es un recuerdo de la simplicidad que tuvo esa primera eucaristía. Después, los doce y el obispo se revisten, se revisten para adorar, para el sacrificio litúrgico que tendrá lugar sobre el altar. El traslado de la capilla al altar mayor, recuerda el traslado desde el cenáculo hasta el monte calvario. De la cena se pasa a lo sacrificial.

Con esta liturgia se incide en el mensaje de que ésta no es una misa más, sino la misa que especialmente recuerda la primera eucaristía en toda su simplicidad.


Unos últimos detalles, el vicario general hará la figura de Pedro, colocándose al lado del obispo. En la sacristía, el obispo le entregará una llave grande que colgará de su cíngulo. 

Por suertes, otro de los doce presbíteros llevará colgando una bolsa con treinta monedas. Ese sacerdote representará a todos los malos sacerdotes que tanto daño han hecho en la Historia de la Iglesia. Lo representará porque es una enseñanza para todos los fieles. también ahora los malos sacerdotes están en torno al altar y hay que rezar por ellos para que su final no sea el de Judas Iscariote.

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