Mis padres duermen como
unos benditos. Menos mal que no madrugan. Así yo puedo rezar laudes
tranquilamente. Estos días he reflexionado sobre el hecho de que si Dios me ha
colocado en una situación en la que dispongo tiempo para escribir, tengo que
tomarme esa ocupación con toda la seriedad posible. Debo exigirme, no debo
conformarme. Mientras escribía estas líneas, mi madre se ha levantado. Ya está
preparando un poco de pan con tomate.
Estos días estoy aprovechando
para leer. He leído el estilo desgarrado de Juan Rulfo en Pedro Páramo. Me
ha gustado mucho. También ha sido agradable, solo eso, leer a Haruki Murakami. Escritura
cristalina, amena. Buena escritura, pero me ha gustado menos que Rulfo. También
leí un trozo de Las nieves del Kilimanjaro, de Hemingway. Está bien,
pero la literatura latinoamericana del siglo XX pienso que ha superado
completamente ese molde.
También he leído varios
artículos. Uno larguísimo que cuenta lo espantosamente mal que lo pasó el grupo
de peregrinos en el que iba san Ignacio de Loyola cuando visitó Jerusalén. Me imagino
que contaban su viaje solo los que volvían. Los que morían o eran vendidos como
esclavos no lo contaban. Hoy leeré un artículo sobre el principado de Augusto.
Ayer di un agradable
paseo de más de una hora con un sacerdote misionero. Hacía una tarde clara y
templada. Junto al río, en un sendero, me encontré con un erizo. Un erizo bien
gordo. Por la noche he soñado que tenía que ir al dentista. Hoy dedicaré el día
corregir erratas y a leer varios artículos.
Post Data: Ayer me cortó mi madre el pelo con la máquina. La verdad es que ya era hora. Llevaba unos pelos como los del científico loco de Regreso al futuro.